México: la segunda casa del K-pop
Más que una moda, el Hallyu es una potencia cultural que desafía récords y moviliza multitudes

Lo que parecía —a principios de siglo— una curiosidad de sobremesa, con melodramas coreanos transmitidos en canales estatales, fue en realidad el primer oleaje de algo mucho más grande: un tsunami. Hoy, dos décadas después, tiene nombre: Hallyu (ola de cultura coreana). México no sólo la surfea: la encarna. Es el segundo país del mundo con más fans de cultura coreana, solo detrás de China: más de 27.8 millones de personas, de acuerdo con la Fundación Coreana (2024).
Pero los números no explican la escena. El regreso de BTS en 2026 convirtió al Estadio GNP en un imán global. Tres fechas —7, 9 y 10 de mayo— 136 mil 400 boletos agotados en 37 minutos. Una fila virtual que rompió todos los precedentes: 1.1 millón de personas intentando conseguir una entrada, incluso por encima de fenómenos masivos como Bad Bunny. Cientos de miles quedaron fuera.
María Fernanda Vázquez era la número 12,970 en la fila virtual. Angustiada, convencida de que no lo lograría. Sin saber que detrás de ella había más de un millón de personas con la misma esperanza abierta en una sola pestaña. Fans conectados desde más de mil ciudades del mundo, todos apuntando a la Ciudad de México: una de las 34 paradas del Arirang World Tour, convertida en epicentro global. La reventa alcanzó los cien mil pesos.
La respuesta institucional también fue inédita: sanciones millonarias tras miles de quejas contra Ticketmaster. El mensaje es claro: el fandom mexicano no sólo consume. Se organiza. Presiona. Responde.
La cultura pop también lo registró: La Rosa de Guadalupe dedicó un episodio al fenómeno —“Subasta de una ilusión”—, donde jóvenes ARMY son víctimas de fraude al intentar conseguir boletos. La ficción replicando la realidad, con más de un millón de reproducciones.
Antes de la música: el melodrama
Todo empezó lejos del ruido. A las tres de la tarde. Cuando México comía frente al televisor, Corea entró por la puerta más íntima: el melodrama. Una joya en el palacio (2002). Escalera al cielo (2003). Sonata de invierno (2004).
Historias ajenas que no lo eran tanto: amor imposible, sacrificio, familia. México ya entendía ese lenguaje. Al inicio, conectaron con amas de casa, con mujeres adultas, explica Nayelli López Rocha, investigadora del Programa Universitario de Estudios sobre Asia y África de la UNAM. Pero Corea entendió algo clave: el público podía cambiar. Y decidió conquistar también a los jóvenes.
De nicho a fenómeno
Después llegaron las películas. No como entretenimiento comercial, sino como “cine de arte”: la Cineteca, Canal 11, Canal 22. Ese primer filtro construyó una idea: si venía de Corea del Sur, estaba bien hecho.
En paralelo, otra puerta se abría: las máquinas de baile Pump It Up, esos simuladores de bailes sobre tapetes luminosos. Los primeros grupos de K-pop, como Super Junior, incorporaban palabras en español —“Mamacita”—. Adolescentes bailando sin entender del todo, pero sintiéndolo. Nada de esto fue casual. Corea del Sur diseñó una política cultural como estrategia de Estado: exportar contenido, pero también identidad. Tecnología, marcas, entretenimiento. Samsung, por ejemplo, figura entre las marcas preferidas por consumidores mexicanos en rankings internacionales.
México tuvo algo parecido con sus telenovelas. Dominó mercados en Rusia, Asia, Europa del Este. Construyó ídolos globales como Verónica Castro o Thalía. Pero nunca lo convirtió en estrategia de país. Nunca articuló cultura, industria y Estado. Corea sí, afirma, Nayeli López.
El giro: conquistar a los jóvenes
El fenómeno descendió de generación en generación: de las madres a las hijas, de la televisión estatal al algoritmo de las redes sociales. Porque los jóvenes no solo consumen: multiplican. Aprenden coreano. Viajan. Organizan comunidades. El consumo deja de ser individual y se vuelve colectivo, expansivo. Una canción puede transformarse en coreografía, en grupo de amigas, en academia, en viaje familiar.
En la Ciudad de México, cada fin de semana, el fenómeno se vuelve físico. El Monumento a la Revolución se llena de cuerpos que ensayan. Grupos de dance cover replican cada movimiento de K-pop. Vestuario adaptado. Videos en YouTube.
Vanessa Laguna, coreógrafa de dance cover (K-pop), imparte clases en la Estación de Danza del Metro Zapata. Tania Romero, su directora, detectó la falta de espacios y abrió un lugar para ello. Entre sus alumnas están Natalia y Julieta Cruz, y Yiré: niñas y adolescentes que aprenden a habitar ese universo con el cuerpo.
La promesa y el riesgo
No es solo música. Es narrativa: disciplina, esfuerzo, resiliencia, recompensa. El idol –o artista– de K-pop no es talento espontáneo, sino resultado de años de entrenamiento extremo. El mensaje es poderoso: si te esfuerzas lo suficiente, puedes llegar.
En una generación atravesada por la ansiedad y la incertidumbre, es una promesa que resuena. Pero también simplifica. Sugiere que el éxito depende sólo del esfuerzo. Invisibiliza la industria, sus exigencias, sus costos. “Es una hiperromantización”, advierte Nayelli López. Un espejo editado.
En sus investigaciones, ha encontrado que muchas jóvenes idealizan a los idols como trabajadores, protectores y proveedores. Un modelo que también revela lo que buscan, lo que imaginan y lo que anhelan. El riesgo no es menor: confundir el entretenimiento con la realidad. Hoy, para muchas, el sueño no es solo asistir a un concierto. Es viajar a Corea. Vivir allá. Incluso casarse con un coreano.
Por eso, insiste la investigadora, es clave entender que lo que consumen son historias diseñadas para emocionar. Narrativas construidas para consumir. Ilusiones bien producidas, porque detrás del brillo, también hay industria. Y detrás de ésta, una pregunta incómoda: ¿qué estamos ofreciendo —y qué están buscando— nuestras juventudes?