Cruz Roja Mexicana

Hoy que es el Día Mundial de la Cruz Roja, vale la pena reconocer el capítulo de la Cruz Roja Mexicana, una institución humanitaria de asistencia privada que puede exhibir una trayectoria limpia, continua y entrañable.

Fundada el 21 de febrero de 1910 por Luz González Cosío, bajo los principios de humanidad, imparcialidad, neutralidad, independencia, servicio voluntario, unidad y universalidad, logró articular una organización capaz de sobrevivir a regímenes, dictaduras y reformas constitucionales sucesivas. Con González Cosío se inauguró, además, una tradición de liderazgo femenino dentro de la institución, que rara vez se ha interrumpido y que constituye, dicho sea de paso, uno de los espacios iniciales para la participación pública de la mujer mexicana en el siglo XX, en una época en que las oportunidades eran escasas y disputadas. 

A lo largo de más de un siglo, la Cruz Roja Mexicana ha estado presente en cada tragedia nacional. En el terremoto de 1985, los voluntarios de esta institución corrieron hacia los edificios colapsados con la misma resolución con que sus antecesores habían corrido hacia las trincheras de la Decena Trágica, en las inundaciones de Tabasco, en los huracanes que han azotado el Caribe y el Pacífico mexicanos, en los sismos de 2017, en la pandemia de covid-19, en los recurrentes accidentes carreteros y en la atención cotidiana de urgencias urbanas.

Los chalecos rojos y las ambulancias con la cruz emblemática han representado, para millones de mexicanos, la primera y, muchas veces, la única respuesta disponible. El financiamiento de la institución, sustentado en la colecta anual y en el donativo privado, merece una reflexión especial. 

La Cruz Roja ha demostrado una notable capacidad para estar presente donde y cuando se necesita, respondiendo con eficiencia y transparencia a los llamados de la sociedad. Lejos de ser una coincidencia, esto es el resultado de décadas de vocación de servicio y de una cultura institucional orientada genuinamente hacia el bien común. 

La colecta anual, ese ritual cívico en que estudiantes y voluntarios extienden sus alcancías en cruceros, escuelas y centros de trabajo, es un testimonio de la confianza que la sociedad mexicana ha depositado en ella, y una de las pocas ocasiones en que esa misma sociedad se reconoce a sí misma con una capacidad de solidaridad organizada y desinteresada. 

Más allá de la atención médica de urgencia, la Cruz Roja Mexicana ha desarrollado una labor formativa cuyo impacto resulta difícil de sobreestimar, sus escuelas de enfermería han graduado a generaciones enteras de profesionales de la salud, particularmente mujeres, en momentos en que el acceso femenino a la educación superior técnica encontraba barreras considerables. Sus cursos de primeros auxilios, impartidos en escuelas, empresas e instituciones públicas, han diseminado un saber práctico que, en más de una ocasión, ha marcado la diferencia entre la vida y la muerte para personas comunes.

Reconocer hoy a la Cruz Roja Mexicana no es un ejercicio retórico ni una concesión protocolaria, es un acto de justa memoria hacia una institución que ha hecho de la neutralidad, la imparcialidad y el servicio voluntario un patrimonio ético del país, unámonos a la colecta nacional.