Los partidos Titánic

Los partidos políticos mexicanos de liga presidencial tienen grandes activos y grandes riquezas, como sucedió con el Titánic. Lo mismo los del gobierno que los de la oposición. Pero todos están agujereados y ya ninguno sirve. Tendrán que pensar en tres imperativos. Uno, el salvamento de lo que se pueda. Dos, el rescate de lo que todavía sirva de su naufragio. Tres, recuperar sus nuevas naves para seguir navegando.

Hoy, la juventud mexicana considera que los partidos políticos son los culpables de la perturbación y de la contaminación del ejercicio político. Que entraron en una crisis irreversible.

El PRI no se supo renovar. Debía su origen y su existencia a un proyecto de unidad y de inclusión, pero no supo incluir a sus nuevos cuadros y siguieron los mismos personajes. No supo incluir a nuevas ofertas y siguió con el mismo menú. Les inventaron la guasa de que eran un dinosaurio con computadora. Modernidad sin modernos. Desde luego, era un chiste. 

El PAN no se supo inventar. Debía su origen y su existencia a un proyecto de cambio, pero no pudo superar su ineficiencia. Querían ser un PRI sin ser el PRI y terminó en no ser nada. Les inventaron la guasa de que al PRI le robaron las ideas y al PRD le robaron las elecciones. Desde luego, era un chiste.   

Morena no supo gobernar. Ofreció cambiar lo que los otros habían hecho mal, pero no pudieron. Todo se les fue en acusar al pasado. En renegar de los opositores. En deslindarse de responsabilidades y en tratar de endilgárselas a otros. Se dice que la corrupción alcanzó cifras inimaginables, como las del huachicol, y especialidades prohibidas para políticos, como lo es el narcotráfico. 

Desde siempre, el narcotráfico fue el delito más prohibido para un político mexicano, así como la evasión fiscal lo es para los políticos estadunidenses. Ambos son causa de muerte política. Les inventaron la guasa de que los cárteles no eran sus corruptores, sino que son sus encubridores y sus prestanombres. El resultado fue que los persiguieron. 

Esos tres partidos mexicanos habían llegado a ser verdaderos trasatlánticos de lujo. Pero el iceberg que los golpeó tenía muchas filosas puntas. Malas dirigencias. Malos candidatos. Incapacidad de renovación. Hicieron agua, no supieron achicar, no tenían equipo de salvamento y naufragaron hasta tocar fondo.

Esto lo he platicado con muy diversos politólogos mexicanos y extranjeros. Quizá sería por eso que se me mezclaron esos temas con una reciente asamblea de algún partido y todo junto se me apareció en un sueño.

Así las cosas, resultaba que los grandes partidos mexicanos se fueron difuminando hasta casi extinguirse. Emergieron nuevas corrientes para el ejercicio de la política. Podrían haber carecido de innovación ideológica y hasta programática. Pero representaban el atractivo de una alternativa confiable y respetable para los nuevos electores mexicanos.

Las elecciones de 2030 fueron catastróficas. Votó 18% de los electores. Abstención apática muy grave. El ganador obtuvo 7%, el segundo lugar, 6%, y el tercero con 5 por ciento. Legitimaciones políticas nulas con ingobernabilidad total.

Pero para 2036 emergerían dos nuevas organizaciones que habían recogido la pedacería que había quedado del naufragio de los tres grandes. Para sorpresa de los analistas y de los historiadores, lo rescatado era muy valioso. Plataformas ideológicas bien cimentadas. Programas de acción debidamente planteados. Organización amplia y penetrante. Todo lo que desearían muchos partidos del mundo opulento.

Surgieron el Partido Mexicano y el Partido Nacional. Tenían todo lo que ya no existía en la política mexicana. Seriedad, honestidad, efectividad, respetabilidad, credibilidad, confiabilidad y, como consecuencia de todo ello, tenían majestad. 

Sonó el despertador y amanecí muy contento. Pensé en mis hijos y pensé en su México. Tendrán mapa, tendrán brújula y tendrán timón. Ellos jamás naufragarían. Siempre llegarían a un buen puerto.