Pasaba frío en una litera del Ajusco: así llegó Joel Huiqui hace 29 años a Cruz Azul
Cuando empezaba su sueño de futbolista, el hoy técnico campeón con La Máquina tuvo días complicados cuando llegó a la Ciudad de México

En Los Mochis, Sinaloa, en el ejido de Ohuira, un pequeño de raíces indígenas estira los brazos para arrancarle a un árbol un mango. Es más grande que la palma de su mano, pero impaciente corre entre la siembra de caña para llegar a saborearlo junto a sus siete hermanos en una mesa repleta de astillas y un techo de lamina.
Joel Huiqui, técnico de Cruz Azul, creció en el campo. Tiene un apellido que remite a la resistencia del pueblo mayo-yoreme, en los Estados de Sinaloa y Sonora. Su papá tenía rutas de camiones que trasladaban a la gente a la ciudad. Se ensuciaba lavando los camiones y cambiando llantas. Eso no le importaba. En las tardes disfrutaba de patear un balón con sus amigos.
La idea de un mejor futuro y el sueño de jugar futbol, lo aventuraron a probarse en Rayados, sin éxito. Conoció a dos tipos con el ojo clínico que le mostraron el camino a Cruz Azul, aunque su madre no imaginara un futuro prometedor.
Fui a Monterrey a probarme a los 14 años y no me quedé. Conocí al profe Manuel Barrera y Gustavo Vargas que me llevaron a Santos cuatro meses, de ahí me pasaron a Cruz Azul. Metí toda mi ropa a la maleta, llegó mi mamá y me dijo ‘mijo, ¿por qué te llevas todas tus cosas si te vas a regresar?’ y le dije ‘no, mamá, me voy a llevar todo porque ya no voy a regresar’. Ahora que tengo hijos, entiendo, es difícil desprenderse y quiero pensar que me iba a extrañar, no imaginaban todo lo que iba a lograr”, señala Huiqui.
Gustavo Vargas, exjugador de los Pumas, recuerda con nostalgia las tardes en las que Huiqui lo deslumbró con su talento a los 15 años.
“Nosotros teníamos un grupo de formación que manejábamos con Carlos Hurtado (promotor) Billy Álvarez (expresidente de Cruz Azul). Vimos a Huiqui, era muy delgado, contención con gran salida de balón, de gran estatura y nos gustó. Lo trajimos a la ciudad, a Rancho Tonco en el Ajusco, ahí concentramos a muchos chavos”, relata Gustavo Vargas para Excélsior.
Huiqui pasaba frío, cubría por todos lados la litera para soportar las noches. Todos los días bajaba al estadio Azteca, tomaba el tren ligero a La Noria y de ahí caminaba a entrenar a Cruz Azul, así fueron las primeras semanas en Ciudad de México.

Mejoré mi relación con mis padres por la distancia, pensé en regresar porque no tenía claro mi vida en la Ciudad de México. Un hermano le iba al León, otro al América, pero a mi me gustaba Cruz Azul por el color, me gustaba verlos”, menciona Huiqui.
Se fue a préstamo al extinto Cruz Azul Hidalgo. Luego se graduó en Pachuca, donde debutó en Primera División y salió campeón a los 20 años antes de volver a Cruz Azul.

“Yo no me sentía parte del entorno en Sinaloa, era un ambiente difícil en la noche por el alcohol y yo no veía un futuro para mi. La gente lo veía normal pero yo estaba convencido que no era normal lo que pasaba”.
Aquel niño que corría entre los cultivos de Ohuira detrás de un mango, mira su historia desde otro lugar. El futbol le permitió construir la vida que soñaba cuando pateaba un balón en su pueblo, ahora, desde el banquillo de Cruz Azul, entiende que cada sacrificio valió la pena: no regresó a casa como había imaginado su madre, pero convirtió aquella despedida en el comienzo de una historia que todavía sigue escribiendo.