Me es en verdad molesto ver a diario, sea en mi entorno familiar, vecinal o laboral, que el agua se desperdicia sin ningún pudor.
Por más campañas que hablan de su cuidado y de lo peligroso que podría ser quedarnos sin ese recurso, tal parece que a la mayoría de la gente no le importa. Por ello creo importante no olvidar su importancia.
El cuidado del agua ha dejado de ser un mero consejo ecológico para convertirse en la prueba más urgente de responsabilidad colectiva de nuestro siglo. Durante décadas, asumimos que abrir el grifo y disponer de agua limpia era un derecho ilimitado, garantizado por el simple hecho de existir. Sin embargo, la creciente sequía, la contaminación masiva de cauces naturales y el crecimiento poblacional desenfrenado nos han situado ante una realidad desgarradora: el agua es un recurso finito y extremadamente vulnerable.
Garantizar la seguridad hídrica exige transformar profundamente nuestros hábitos diarios y, de manera crucial, la gestión industrial y agrícola. No basta con cerrar la llave mientras nos cepillamos los dientes —acción necesaria pero insuficiente—; es prioritario reestructurar la manera en que producimos alimentos, fabricamos bienes y planificamos las ciudades. La agricultura consume la mayor parte del agua dulce disponible en el mundo, por lo que la inversión en tecnología de riego eficiente y el tratamiento y reúso de aguas residuales deben ser políticas públicas prioritarias e impostergables.
Asimismo, la indiferencia ante la contaminación de ríos y acuíferos revela una desconexión peligrosa con el entorno. Cada litro de contaminante arrojado al drenaje invalida miles de litros de agua dulce útil. Cuidar el agua implica también proteger los ecosistemas que la generan, como bosques y humedales, que actúan como esponjas naturales.
Preservar el agua no es sólo evitar su derroche, sino redefinir nuestro vínculo con la naturaleza. Protegerla hoy es el único camino real para asegurar la supervivencia, la justicia social y el bienestar de las generaciones futuras. Y, como decían por ahí antes: “¡Ciérrale!”.
Georgina Hernández L.
Ciudad de México
