La feria detrás de la puerta: Alan Castillo y el arte de no olvidar al niño que fuimos

La feria detrás de la puerta, de Alan Castillo, explora la memoria, la infancia y los vínculos familiares a través de una aventura fantástica.

La feria detrás de la puerta
Excélsior

Hay personas que recuerdan su infancia como una etapa. Alan Castillo la conserva como una habitación encendida.

No habla de ella con nostalgia, ni como quien observa desde lejos una fotografía amarillenta. Habla de ella como si todavía pudiera entrar y salir cuando quisiera. Quizá por eso su nueva novela gráfica, La feria detrás de la puerta, tiene algo que la vuelve distinta desde las primeras páginas: detrás de la aventura fantástica, de los personajes mágicos y de las atracciones imposibles, existe una pregunta silenciosa que atraviesa toda la historia y que, en el fondo, también atraviesa la vida de su autor.

¿Qué sucede con las cosas que olvidamos?

La conversación comienza hablando del libro, pero muy pronto deriva hacia otro territorio. Hablamos de los viajes interminables en carretera cuando era niño, de los cuadernos llenos de dibujos, de los personajes inventados durante tardes enteras, de la capacidad de asombro y de esa costumbre tan humana de dejar abandonadas partes de nosotros mismos conforme avanzan los años.

Mientras lo escucho, resulta evidente que Alan no es solamente un ilustrador que escribe historias. Es alguien que ha dedicado buena parte de su vida a proteger una forma de mirar el mundo.

Y quizá esa sea la razón por la que su novela funciona.

Porque antes de convertirse en autor, fue lector.

Antes de ser lector, fue soñador.

Y antes de todo eso, fue un niño que nunca dejó de dibujar.

“Yo nunca dejé de hacerlo”, dice con una naturalidad desarmante.

La frase parece sencilla, pero contiene toda una filosofía de vida.

No dice que aprendió a dibujar. No dice que descubrió una vocación. Dice que nunca dejó de hacerlo. Como si el dibujo hubiera sido siempre una extensión natural de su manera de pensar. Como si los años hubieran pasado, los estudios universitarios hubieran llegado, las responsabilidades se hubieran acumulado y, aun así, hubiera permanecido intacto algo esencial.

Desde muy pequeño inventaba historietas, construía personajes y llenaba páginas enteras con aventuras que sólo existían en su cabeza. El cine, los libros y los cómics formaban parte de un mismo universo. En aquella época, recuerda, la novela gráfica todavía no ocupaba el lugar privilegiado que tiene hoy. Había menos títulos, menos espacios, menos oportunidades para quienes soñaban con dedicarse a ese lenguaje.

“Ahora hay muchísimas opciones. Existe una oferta enorme de novela gráfica y de cómic para todas las edades. A veces pienso que me hubiera encantado crecer en una época donde existiera todo eso. Pero también creo que, precisamente porque no lo tenía, terminé inventando mis propias historias.”

La observación revela algo importante. Muchas veces la imaginación florece precisamente donde existe una ausencia. Los grandes lectores suelen nacer de una biblioteca. Los grandes narradores, en ocasiones, nacen de aquello que les faltó.

Alan estudió Diseño y Comunicación Visual en la UNAM y encontró en la ilustración el camino natural para desarrollar una vocación que llevaba años acompañándolo. Sin embargo, mientras habla de su trabajo resulta evidente que el dibujo nunca fue un fin en sí mismo. Era un vehículo. Una herramienta para contar historias.

Porque antes de pensar en trazos, pensaba en personajes.

Antes de pensar en personajes, pensaba en mundos.

Y antes de pensar en mundos, imaginaba preguntas. 

El lugar más extraño al que alguien podría viajar

Toda historia tiene un origen. Algunas nacen de una experiencia. Otras de una imagen. Otras de una obsesión.

La feria detrás de la puerta nació de una pregunta.

¿Cuál sería el lugar más extraño al que alguien podría viajar?

La inquietud apareció muchos años después de aquellos viajes familiares por carretera que parecían interminables cuando era niño. Horas y horas observando por la ventana mientras el paisaje cambiaba lentamente y la imaginación comenzaba a hacer su trabajo.

“Viajábamos muchísimo. Eran trayectos muy largos y yo me la pasaba pensando historias. Muchos años después recuperé esa sensación y me pregunté cuál sería el lugar más extraño que alguien podría visitar.”

La respuesta tardó en llegar.

Primero aparecieron ideas dispersas. Laboratorios secretos. Científicos extravagantes. Lugares imposibles. Escenarios fantásticos sin una forma definitiva.

Hasta que un día apareció un personaje.

El Señor Yazzo.

Y lo hizo antes incluso que la historia.

“A veces dibujo sin pensar demasiado. Sólo dejo que aparezcan cosas en la hoja. El Señor Yazzo surgió así. Cuando lo vi sentí que había algo detrás de él, que tenía una historia que contar.”

Ese personaje se convirtió en la llave de entrada a todo lo demás.

Porque una vez que apareció Yazzo, apareció también la feria.

Y detrás de la feria apareció el verdadero corazón de la novela. 

El enorme cementerio de las cosas olvidadas

En la superficie, La feria detrás de la puerta cuenta la historia de Oliver y Diana, dos hermanos que llegan a un parque de diversiones extraordinario donde la magia parece habitar cada rincón. Allí conocen a Gopa, un gato que emprende la búsqueda de su madre, y juntos se internan en una aventura que los llevará a descubrir un lugar sorprendente.

Un basurero mágico.

Un sitio donde terminan todas las atracciones que la gente dejó de usar.

La idea posee algo profundamente melancólico.

Porque en realidad ese basurero no habla de juegos mecánicos.

Habla de nosotros.

Habla de la memoria.

Habla de las cosas que alguna vez fueron importantes y que después desaparecieron de nuestra vida.

Mientras desarrolla esta idea, Alan menciona una frase de El viaje de Chihiro que lo ha acompañado durante años. Una frase que parece dialogar directamente con su novela.

No todo lo que nos marcó desaparece, incluso cuando creemos haberlo olvidado.

Y entonces la conversación adquiere otra profundidad.

Porque todos cargamos un basurero mágico.

Un lugar donde viven personas que ya no vemos, canciones que dejamos de escuchar, objetos que perdimos, sueños que abandonamos y versiones antiguas de nosotros mismos.

“Siempre me ha interesado pensar en las cosas que olvidamos. Noticias que parecían enormes y desaparecen. Personas que estuvieron muy presentes en algún momento y luego se van. Experiencias que creemos perdidas pero que siguen formando parte de quienes somos.”

Lo fascinante es que Alan no habla del olvido como una tragedia.

Habla de él como una transformación.

Las cosas cambian de forma.

Se esconden.

Se desplazan.

Pero rara vez desaparecen por completo.

 La familia como refugio y como descubrimiento

Uno de los aspectos más entrañables de la novela es la relación entre sus personajes.

Oliver y Diana buscan regresar con sus padres.

Gopa busca a su madre.

Todos buscan algo.

Todos intentan volver a casa.

Pero conforme la historia avanza, aparece una idea mucho más compleja.

¿Qué significa realmente pertenecer?

Alan reflexiona sobre ello con calma.

La familia, explica, no siempre se reduce a la estructura tradicional que solemos imaginar. A veces la familia aparece en el camino. A veces se construye a partir de la amistad, de la confianza o de la decisión de acompañar a alguien cuando las circunstancias se vuelven difíciles.

La novela habla constantemente de regresar, pero también de encontrar.

De descubrir nuevos vínculos.

De entender que los afectos pueden ampliarse.

Y quizá por eso conecta tanto con lectores de distintas edades.

Porque todos, en algún momento de la vida, hemos buscado nuestro lugar.

 El arte de seguir creyendo

Hay un momento de la conversación en el que hablamos de los adultos.

De esa extraña costumbre que tenemos de mirar por encima del hombro todo aquello que pertenece al universo infantil.

Alan discrepa.

Y lo hace con convicción.

Explica que muchas de las mejores historias que ha conocido fueron escritas para niños. Que detrás de los relatos aparentemente sencillos suelen esconderse preguntas complejas. Que la imaginación no es una etapa que se supera, sino una capacidad que se cultiva o se abandona.

Mientras lo escucho, resulta evidente que La feria detrás de la puerta no está dirigida únicamente a los lectores jóvenes.

También interpela a los adultos.

Les recuerda algo que muchas veces olvidan.

Que alguna vez fueron niños.

Que también sintieron miedo.

Que también soñaron.

Que también creyeron que los mundos imposibles podían existir.

Y que quizá todavía existen. 

El síndrome del impostor y la legitimidad de los sueños

En 2025, Alan obtuvo una beca del Fonca en la categoría de narrativa gráfica. Para cualquier creador se trata de un reconocimiento importante. Sin embargo, al hablar del tema, evita cualquier tono triunfalista.

Prefiere hablar de algo mucho más humano.

La inseguridad.

“Todos tenemos síndrome del impostor”, reconoce.

La frase surge casi como una confesión.

Porque detrás de cada libro terminado existe una batalla silenciosa contra la duda. Contra esa voz que pregunta si realmente somos capaces de hacer aquello que soñamos.

La beca, explica, no eliminó esas preguntas.

Pero sí le dio algo valioso.

Confianza.

La sensación de que iba por buen camino.

De que las historias que había imaginado durante tantos años merecían existir fuera de su cabeza. La puerta que todos queremos abrir

Antes de terminar la entrevista le planteo una última posibilidad.

Si existiera una puerta mágica capaz de llevarlo a cualquier momento de su vida, ¿a dónde regresaría?

La respuesta llega de inmediato.

Volvería a correr por un patio imaginando que era Superman.

Volvería a jugar a ser Jack Sparrow.

Volvería a esas vacaciones en las que el tiempo parecía infinito y la única obligación consistía en imaginar.

No habla de éxitos profesionales.

No habla de reconocimientos.

No habla de metas cumplidas.

Habla de libertad.

Y entonces todo encaja.

Porque La feria detrás de la puerta no es solamente una novela gráfica.

Es una invitación.

Una invitación a volver la vista hacia ese territorio que los adultos solemos abandonar demasiado pronto.

A recordar quiénes éramos antes de preocuparnos por los horarios, las facturas, los pendientes y las responsabilidades.

A rescatar algo de aquella mirada capaz de convertir cualquier objeto en una aventura.

Cuando la conversación termina, queda una certeza.

Alan Castillo no escribió una historia sobre una feria mágica.

Escribió una historia sobre la memoria.

Sobre los sueños que sobreviven.

Sobre las personas que nos forman.

Sobre las cosas que creemos perdidas.

Y sobre ese niño que sigue esperando, paciente, detrás de alguna puerta que nunca terminó de cerrarse.

FICHA TÉCNICA

  • Libro:
  • La feria detrás de la puerta
  • Autor: Alan Castillo
  • Editorial: Trillas
  • Año: 2026
  • Páginas: 112
  • ISBN: 978-607-17-5102-7
  • Encuadernación: Rústica
  • Género: Novela gráfica infantil
  • Precio de referencia: $199 MXN
  • Temas: