Gracias, genio Morante

• Le dije: “gracias maestro Morante, por lo que hace por la fiesta brava”.

Hace una semana en la plaza Monumental de Las Ventas de Madrid se vivieron momentos para la historia de la tauromaquia, pues por la mañana se organizó un festival para homenajear al finado gran torero de esa ciudad, Antonio Chenel Antoñete, cuya estatua fue develada en el entorno del coso venteño con la presencia de José Antonio Morante de la Puebla, el gran cerebro de dicho festival, en el que también se anunció con toreros retirados como el veterano Curro Vázquez, quien a sus 74 años ha regado de arte y solera el ruedo de la catedral del toreo, Enrique Ponce, quien mostró su imborrable maestría, así como el colombiano César Rincón, que ha confirmado su enorme capacidad y calidad para triunfar. Emocionados los asistentes, que llenaron los tendidos ante lo presenciado, salieron para comer y volver a llenar ese coso por la tarde para la corrida, también en homenaje al maestro Chenel, en la que el genio, Morante, eternizó su ya gigantesca historia, con un capitulo lleno de melancolía, pues apenas después de cortar dos orejas, se quitó la coleta, para dejar de manifiesto su partida de los ruedos.

Morante ha provocado un fenómeno difícil de explicar, pues la juventud española ha llenado en tiempos recientes las plazas gracias al nacido en Puebla del Río, Sevilla, un genio de la tauromaquia, que con su enorme valor y arte provocó una erupción volcánica de aficionados nuevos, y que maravilló a los de siempre. Su evocación del toreo antiguo, su amor a la tradición, a los valores de los que se nutre el arte de torear, generaron un fenómeno social que ha llenado las plazas de las corridas donde se le anuncia, pues los aficionados acudían a verle hacer el toreo, muy de cerca, muy de verdad, donde brotaba la inspiración y creatividad de un artista único, genial, maravilloso.

Aún recuerdo aquella tarde en la plaza Fermín Rivera de San Luis Potosí, en la que triunfó con un encierro de la ganadería de La Punta, su asombrosa capacidad para generar arte, con un profundo sentido del espectáculo, de las tradiciones, de la esencia de la tauromaquia, hizo que los aficionados potosinos se le entregaran, aún más ante la inesperada manera de citar al toro para cobrar la estocada en la que, rodilla en tierra, colocó un gran espadazo para cortar dos orejas ante el delirio de los asistentes que, maravillados, se le entregaron, dichosos por haber estado ahí.

Tuve el gusto de acercarme antes de que lo llevaran a hombros hasta la calle, y le dije: “gracias maestro Morante, gracias por lo que hace por la fiesta brava”. Su respuesta fue una tímida sonrisa. Gracias, le vamos a echar de menos.

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