Cuando la identidad pisa la cancha: el huarache que desafió a una gigante

PorOscar del Cueto En el deporte hablamos de pasión, resistencia, identidad palabras que también definen a los pueblos indígenas de México, cuyos diseños, trenzados y tejidos han sobrevivido siglos de abandono, desigualdad y discriminación. Por eso duele y debe ...

Por Oscar del Cueto

En el deporte hablamos de pasión, resistencia, identidad —palabras que también definen a los pueblos indígenas de México, cuyos diseños, trenzados y tejidos han sobrevivido siglos de abandono, desigualdad y discriminación—. Por eso duele —y debe señalarse con fuerza— cuando una de las mayores marcas deportivas del planeta, ésa de las tres rayas que viste a selecciones, clubes y medallistas olímpicos, decide convertir un diseño indígena en un artículo “de temporada”.

 Aunque el deporte no parezca el escenario habitual para hablar de huaraches zapotecos, lo cierto es que la cultura no ocurre en compartimentos separados: los símbolos que usamos en los pies para correr, entrenar o competir también cuentan historias. Y esas historias deben ser respetadas, no apropiadas.

Esta jugada sucia pisa una línea muy fina. La marca reinterpretó casi al pie de la letra el huarache tradicional de Villa Hidalgo Yalálag, Oaxaca. No fue inspiración, fue réplica fría y calculada. No hubo diálogo, no hubo acuerdo, no hubo reconocimiento. Y en el deporte, cuando alguien cruza una línea marcada, lo llamamos falta. Aquí ocurre lo mismo: se ha cometido una falta contra la dignidad de un pueblo.

Las grandes marcas deportivas saben perfectamente que un diseño indígena no es sólo un “look veraniego”: es una técnica ancestral transmitida de generación en generación, una cosmovisión que conecta con la tierra y los antepasados, un trabajo artesanal que no responde a modas, sino a historia milenaria. Pero cuando se replica y se vende sin permiso se brinca esa delgada línea entre homenaje y burla, entre respeto y apropiación. Que quede claro: un huarache zapoteco no es “estilo”, es patrimonio cultural. Y en el deporte, como en la cultura, no se vale sacar ventaja de quien no tiene el mismo poder para defenderse.

La respuesta de la Presidenta, con toda la congruencia de los principios de la Cuarta Transformación, no fue tibia. Al señalar que México debe proteger legalmente sus diseños originarios y que las comunidades tienen derecho a respeto, reconocimiento y compensación, adoptó una postura que honra al país y a quienes lo construyen desde los pueblos. Esto no es un simple conflicto de moda: es un conflicto de dignidad nacional. La 4T ha hablado de “primero los pobres”, pero también implica “primero los pueblos”, “primero la cultura”, “primero la identidad”. Y este caso es un ejemplo claro: cuando una corporación deportiva toma un símbolo indígena y lo convierte en mercancía global, el Estado no puede quedarse en la banca. Tiene que entrar al partido y marcar bien la cancha, definiendo reglas que protejan a quienes menos poder tienen.

Aunque la industria deportiva mundial se ha sofisticado, globalizado y masificado, no puede quedar exenta de debate. Al contrario, es uno de los espacios donde más se debería hablar de justicia cultural, porque sus productos son omnipresentes: uniformes, tenis, sandalias, mochilas, accesorios que llegan a cada rincón del planeta. El deporte no es sólo alto rendimiento; es cultura popular, es identidad colectiva que une a millones. Cuando la marca de las tres rayas decide que un huarache indígena es “tendencia” y lo lanza sin permiso, está usando el alcance colosal del deporte para borrar, y no para visibilizar. Está haciendo desaparecer la historia detrás del diseño para convertirlo en un objeto sin alma, vendido a precio de oro.

Si un equipo profesional copiara la estrategia táctica de otro sin reconocerla, lo llamaríamos antiético. Si una federación usara el trabajo de un atleta sin paga, lo denunciaríamos con fuerza. Aquí ocurre lo mismo, pero con artesanos que trabajan con sus manos, con conocimiento heredado, con amor por su cultura. No son proveedores involuntarios de creatividad, son guardianes de un patrimonio que le pertenece a todo México.

La industria deportiva debe aprender, de una vez por todas, tres verdades fundamentales: los pueblos indígenas no son una fuente gratuita de ideas. Las tradiciones no son diseños libres de derechos. La identidad no es una tendencia de verano que se desecha cuando llega el invierno. Y que un país con raíz firme como el nuestro defenderá siempre lo que es suyo, porque nuestra fuerza está en nuestra diversidad cultural.

El deporte inspira porque honra el esfuerzo, la dedicación, el respeto al rival. La cultura indígena sobrevive porque resiste, porque se adapta sin perder su esencia, porque se ama y se cuida. Lo menos que puede hacer una corporación global es no convertir esa resistencia en un simple producto sin alma, en una mercancía que olvida su origen.

Porque si hay algo que nunca debe ponerse de moda es la falta de respeto. Y en esta cancha donde juega la identidad, no habrá espacio para quienes quieran correr sin reglas.

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