Trabajo colosal
La presencia magnética de Robert Fischer en la segunda mitad de la XX centuria, su resonante victoria sobre Boris Spassky en el Match del Siglo en Reykjavik, 1972, en plena Guerra Fría, le comunicaron al ajedrez una popularidad intensa universal, que jamás se vivió ...
La presencia magnética de Robert Fischer en la segunda mitad de la XX centuria, su resonante victoria sobre Boris Spassky en el Match del Siglo en Reykjavik, 1972, en plena Guerra Fría, le comunicaron al ajedrez una popularidad intensa universal, que jamás se vivió en otra actividad deportiva. Millones de personas que no sabían ajedrez fueron arrastradas por la personalidad de Fischer. Su trayectoria de adolescente genial en un deporte para personas maduras causó curiosidad y atención. Sus exigencias profesionales que desquiciaban a promotores, organizadores, luz, tamaño y color de los escaques, el público lo más atrás para que no fisgonease de cerca la partida; el menor ruido incluso de las cámaras de televisión o el click de las fotográficas le resultaban intolerables. Fischer, como Alexander Alekhine (Aliojin), consideraba el ajedrez como un arte, no menor a la música clásica, a la pintura o escultura.
Luchó con toda su fuerza e indomable carácter por recibir el trato y reconocimiento del artista. Aquél, de niño jugaba durante las clases con un tablero de bolsillo. Y si el maestro de la escuela le decía que guardara el juego, seguía jugando a la ciega. Las crónicas refieren que Alekhine, cuando iba disputar el match por el título mundial de 1927, en Buenos Aires, estaba absorto en los movimientos que hacía en su tablero de bolsillo mientras que el campeón José Raúl Capablanca no separaba la mirada de las piernas de las coristas. Ya de niño, en Nueva York, sin ser nadie en el ámbito del ajedrez, Bobby exigía silencio al espectador. “¡Cállese!”, le dijo a un mirón, “no ve que se trata de una partida de ajedrez”.
Cuando su fuerza ajedrecística creció y rivalizó con los grandes maestros soviéticos, estableció condiciones y modificó y revolucionó los formatos de competencia y técnicos, acusando de hacer trampa a los rusos por los empates cortos entre ellos mientras el resto de los jugadores occidentales tenía que luchar partida tras partida. En el Interzonal de Curazao, 1962, 2 de mayo al 25 de junio, participaron cinco grandes maestros soviéticos, Tigran Petrosian, Paul Keres, Efim Geller, Viktor Korchnoi y Mikhail Tal, y tres occidentales, Bobby Fischer, el checo Miroslav Filip y el húngaro-estadunidense Pal Benko, en matches individuales de cuatro partidas.
Los torneos Interzonales se jugaban con veinte o más jugadores. La partida que ganó a Donald Byrne acaso haya sido la chispa que incendió su espíritu y se entregase al mágico y hechizante juego de ajedrez. Su progreso fue meteórico en función a un trabajo colosal, independiente, fue un autodidacta. A los 14 años marcó un hito al ganar invicto el Campeonato Nacional de Estados Unidos con 10½ puntos (+8,=5,-0) y a los 15, contra todo pronóstico, ocupó el quinto lugar en el Interzonal de Portoroz, ante la crema y nata del ajedrez mundial, con 12 (+6,=12,-2), después de Tal, 13 1/2; Gligoric, 13; Benko, 12 1/2, y Petrossian, 12 1/2.
