Futbol, áptero
No es realista pensar en un cambio transformador del futbol sin cambiar las ideas, el lenguaje, el conocimiento, la educación, la cultura del deportefutbol. ¡Cómo transferirle calidad a la selección tricolor, en un ciclo de cuatro años, cuando en 92 años de ...
No es realista pensar en un cambio transformador del futbol sin cambiar las ideas, el lenguaje, el conocimiento, la educación, la cultura del deporte-futbol. ¡Cómo transferirle calidad a la selección tricolor, en un ciclo de cuatro años, cuando en 92 años de presencia en la Copa Mundial no la ha mostrado? Algunas soluciones que se proyectan en la pantalla de cristal son tan podridas, inútiles, corrosivas como las de los políticos que hablan y hablan y hablan. Años yentes y vinientes rueda, con el balón, la piedra de Sísifo. Desencanto, desilusión, rabia, acusaciones, chauvinismo, soluciones superficiales, epidérmicas, alejados del conocimiento deportivo. El deporte es lúdico y agonal. Hay futbol lúdico y agonal. Un futbol más lúdico que agonal y otro que es más agonal que lúdico. Y desde hace varias décadas un futbol local en el que impera la industria crematística por encima del rendimiento deportivo. Una burbuja dorada ajena al espíritu de aficionados, espectadores y a las expectativas colectivas. A su alrededor emanan teorías e hipótesis confusas y falsas. Los jilgueros hinchan el globo, todo lo ven con lupa durante cuatro años y cuando a la hora de la verdad lo desinflan en la Copa Mundial, regresan al punto inicial: el complejo de inferioridad, el pánico escénico, la culpa del técnico extranjero, la alineación, la línea de cuatro, la presión, etcétera. Crédulos que priorizan ridículamente el cambio, comunicando “mentalidad triunfadora” a los jugadores; reflejo de subjetivismo, parcialidad e incultura deportiva (y de la otra, como dijo aquél). La competencia, como la vida, es hermosa y cruel. Se lee en Corintios I-9-24: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis”. Una frase que encaja perfecta en la esfera agonal como los hemisferios de Magdeburgo. En la competencia nadie tiene garantizado el triunfo. No triunfa ni el más fuerte ni el mejor preparado ni el más inteligente,… la victoria ocurre en una suma de condiciones matizadas por aspectos aleatorios. A veces se concluye diciendo, con cierto relativismo, que vence el que mejor se adapta a la lucha. La comparación es lo más hermoso de la lucha, que es incierta. Katie Ledecky, una tromba en el agua, es una asombrosa competidora que ha ganado 6 oros individuales en Juegos Olímpicos y 14 individuales en campeonatos mundiales. De 25 años de edad, graduada en psicología en la Universidad de Stanford, California, lleva diez años preparándose intensamente, como decenas, cientos de aspirantes a las finales, para un esfuerzo de cuatro y otro de ocho minutos. Intenta inmortalizarse con su cuarto oro en 800 m en París. Sus probabilidades son altas en esta prueba, pero no así en los 400 m no obstante que, día tras día, recorre con furia kilómetros y kilómetros. No argumenten con la teoría de la excepción tan resobada en México. El deporte es multifacético y cada actividad tiene su forma específica de superación y entrenamiento.
