Arquitectura del fracaso
Pocos países ponen tanto empeño e infundadas ilusiones en alcanzar el fracaso con su selección nacional de futbol. La palabra mágica, como en la política, es el cambio. Y cada cuatro y seis años se habla de él con la esperanza de que el chícharo crezca, madure y se ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
Pocos países ponen tanto empeño e infundadas ilusiones en alcanzar el fracaso con su selección nacional de futbol. La palabra mágica, como en la política, es el cambio. Y cada cuatro y seis años se habla de él con la esperanza de que el chícharo crezca, madure y se convierta en aguacate. El brasileño Dirceu troqueló una frase con la que midió al futbol mexicano: les envío un balón y me devuelven una sandía.
Regresa de Rusia la trouppe, bufones, clowns, enanos de circo, magos, acólitos, paleros, prestidigitadores, cómicos de carpa. Acaso lo primero sea modificar algo imposible, el enfoque de algunos medios de comunicación en los mundiales de futbol y en JO.
Con tantas historias, anécdotas, personajes de leyenda, arquetipos, se podría ilustrar al aficionado y al público en general a saber apreciar el futbol y el deporte en general. A disfrutar la belleza, el hermoso sentido de la competencia, del esfuerzo en una actividad en extremo difícil en la que nadie, ni el mejor, el más fuerte, el más inteligente, el más audaz, tiene garantizada la victoria.
Al empezar la fase de cuartos de final del Mundial de Rusia sólo un ciego no percibe que la talla del Tri no está a la altura de los primeros ocho y que hay otros dos o tres de octavos en un nivel superior. Ni en condición física, rapidez, resistencia, técnica, desarrollo del juego, concepción de la estrategia, en madurez agonal que involucra fuerza síquica.
No solamente los paleros del Tri, sino jugadores como El Chicharito contribuyen en que el descalabro sea más estrepitoso. “Ya siento que acaricio la Copa”. Una frase de esta naturaleza, para efectos sociales y comerciales, puede pasar; pero carece de todo fundamento, es hueca, banal, inmadura, en el arte de la lucha tan exigente, dura, de alto nivel. Sentirse muy “ching…” no sólo es una expresión vulgar, revela una idea primitiva, distorsionada de la realidad, sin influencia, como se observó ante Suecia.
Un pedagogo ruso sentencia: “¡Nunca olvides que tienes un rival enfrente!”. Es decir, si el otro cree o piensa igual en ser “ching…”, como dice el Chicharito (y añadamos la sobada personalidad, mentalidad triunfadora, etcétera), ¿hacia quién se inclina la balanza de la lucha? Vean cómo corren, cómo luchan, cómo resisten, cómo plantean el juego oncenas como Croacia, Bélgica, Francia, Uruguay. En esencia, el fiel apunta en dirección del que posee mejor condición física, técnica, estrategia, madurez agonal con el toque aleatorio.
Con sueños tropicales, guajiros, en color de rosa y technicolor, y otras mamarrachadas, no se triunfa en mundiales de futbol ni en JO. Se requiere transformar la filosofía doméstica del esfuerzo y del espíritu de competencia.
Dirigir los venablos al DT o a los futbolistas es una tarea estéril e inocua; es seguir en punto muerto. El sistema deportivo, futbol y olímpico, está empapado del político: el objetivo toral es dinero, engaño, creación de esperanzas, más que el desarrollo. ¿Cómo reclutar futbolistas sin base atlética? El sistema es un Rey Midas con nariz de cacahuate y pies de barro. Cada cuatro años éxito en lo crematístico y el ensordecedor fracaso en lo deportivo se desploma como centro comercial.
Algo imposible que impide el egoísmo y la ambición por el dinero: modificar el concepto de Club. En Europa y algunos países de América, Real Madrid, Barcelona, River Plate, el club involucra desarrollar atletismo, ajedrez, arquería, natación, gimnasia, voleibol, basquetbol, ciclismo. Se persiguen objetivos deportivos, sociales, económicos.