Mezquindad de la FINA
El mundo empezó a cambiar en los albores de la década de los 70. En aquella época, los comunicadores deportivos podían acercarse a las alas del avión con el fin de tomar la foto del recuerdo y, más aún, subir la escalinata metálica y entrar a la cabina de la nave ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
El mundo empezó a cambiar en los albores de la década de los 70. En aquella época, los comunicadores deportivos podían acercarse a las alas del avión con el fin de tomar la foto del recuerdo y, más aún, subir la escalinata metálica y entrar a la cabina de la nave para recabar las palabras de un deportista.
Cuatro años después, tras la tragedia en los Juegos Olímpicos de Múnich 72, la Villa Olímpica, escenario de atletas, parecía un búnker: alambradas en el exterior y soldados con metralletas en constante vigilancia.
Al inicio del siglo, tras el derribo de las Torres Gemelas de Nueva York, el planeta se transformó en relación con la virulencia del terrorismo que actúa en forma indiscriminada sobre sociedades pacíficas, en días pacíficos, sobre ciudades e individuos pacíficos. Cambiaron los sistemas financieros globales, los sistemas bancarios, los de la comunicación, principalmente en los transportes, aeropuerto, barcos, trenes, fronteras. La misma sociedad cada vez más ensimismada ha ido olvidando gradualmente, acaso, global e individualmente los valores morales, humanos. Sólo tiene ojos para sí mismo, para beneficio personal. Lejos está aquel tiempo en que un Lord Byron ofrendaba su vida por la libertad de un pueblo, Grecia.
A lo largo de la historia, el deporte ha sido vitrina propicia de manifestaciones políticas. El poder negro en México 68, con Tommie Smith y John Carlos, a los que se sumó el australiano Peter Norman; la Guerra Fría en Moscú, Los Angeles; Atlanta, Londres…
En la pileta olímpica de Budapest, durante el reciente Campeonato Mundial para Masters que organiza la Federación Internacional de Natación Amateur (FINA), el nadador español Fernando Álvarez, de 71 años, de Cádiz, intentó infructuosamente que se le autorizara un minuto de silencio en memoria de las víctimas del terrorismo en Barcelona y en Cambrils. Los organizadores pusieron oídos sordos. Álvarez, tras la señal de partida, en su emocionado y solidario homenaje, guardó silencio durante un minuto en el banquillo de salidas, sin lanzarse a competir en los 200 m braza.
La FINA explica que nunca recibió un comunicado del nadador. Después del error, el yerro. Dirigentes como el uruguayo Julio Maglione, titular de la FINA, sus satélites y muchos otros han olvidado el espíritu solidario y humano. No debieron haber esperado la solicitud del nadador. Embobados en aspectos de organización, comercialización, récords, divulgación, olvidaron, insensibles, la herida de Barcelona, de España, que es de todo el mundo.
Organismos como la FINA y algunos otros debieran entender y comprender que la tarea no sólo es cumplir con los quehaceres deportivos. La insensibilidad que exhibieron en Budapest y que se manifestó en otros escenarios deportivos, ajenos a este triste y lamentable episodio, revelan, más que descuido e indolencia, mezquindad.
Recordemos unos fragmentos del poema Civilización, de Jaime Torres Bodet, quien fuera secretario de Educación Pública.
Un hombre muere en mí siempre que un hombre/ muere en cualquier lugar, asesinado/ por el miedo y la prisa de otros hombres.
…un hombre muere en mí siempre que en Asia/ o en la margen de un río/ de África o de América/ o en el jardín de una ciudad de Europa,/ una bala de hombre mata a un hombre.
…Y nada está seguro de sí mismo/ ni en la semilla en germen/ ni en la aurora la alondra/ ni en la roca el diamante/ ni en la compacta oscuridad la estrella/ ¡cuando hay hombres que amasan/ el pan de su victoria/ con el polvo sangriento de otros hombres!