Autoritarismo
La cultura y la tradición de Europa, el amor por el atletismo, lleva a los estados al punto de ebullición. Es algo de lo más fascinante presenciar una competencia atlética en Europa. Las figuras gozan de reconocimiento y popularidad y, con su clase agonal, forman un ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
La cultura y la tradición de Europa, el amor por el atletismo, lleva a los estados al punto de ebullición. Es algo de lo más fascinante presenciar una competencia atlética en Europa. Las figuras gozan de reconocimiento y popularidad y, con su clase agonal, forman un espectáculo digno del mejor escenario olímpico o de Campeonato Mundial. Esta fuerza está alimentada e identificada por la Asociación de Atletismo de Europa, un organismo que, según estiman algunos, tiene una influencia de orden superior a la de la propia IAAF. Es el poder atrás del poder. Controla las más importantes competencias.
Su presidente es el noruego Svein Arne Hansen, un hombre de ideas radicales relacionado íntimamente con el inglés Sebastian Coe, titular de la IAAF. Hace un par de años, Hansen manifestó el deseo de crear un sistema de licencias con el fin de luchar contra el dopaje. Con el añadido, ejercicio de poder, de que todo aquel que no poseyera esa licencia no podría competir en Europa.
A él se debe la idea subjetiva, divulgada en importantes medios de comunicación: “Los récords —se refería esencialmente a los mundiales— no tienen sentido si la gente no cree en ellos. Necesitamos acciones que restablezcan la credibilidad y la confianza”.
¿Y cuál es esa gente que no cree en ellos?
Este pensamiento, reminiscencias de la Guerra Fría, apunta, entre otros, al desconocimiento del récord mundial que posee la alemana demócrata Marita Koch en los 400 m lisos, 47.60, el 6 de octubre de 1985 en Canberra, Australia.
Lo anterior viene a colación porque ayer la IAAF reconoció oficialmente RM de maratón “entre mujeres” el registro de 2:17.01, que señaló la keniana Mary Keitany el pasado 23 de abril en Londres, en el mismo escenario en que Paula Radcliffe marcó 2:15.25 el 13 de abril de 2003 y al que ahora se le cuelga el marbete de RM absoluto.
La misma distancia, la misma ruta. Igualdad de circunstancias. El RM de Keitany es válido, pero es más mediático y con tintes políticos y comerciales que deportivos. Y parece, en este ejercicio de autoritarismo de la IAAF, tener cola. Al aceptarlo globalmente por las asociaciones puede representar el primer paso para el desconocimiento de una serie de RMs “en los que la gente crea”.
El peligro de este pensamiento para el resto del mundo es que, una vez que los anglosajones aprueban una norma o regla es más fácil hacer pasar un camello por el ojo de una aguja que discutirla. El RM de Keitany no resiste el análisis ante el de Radcliffe. Sin duda, en el maratón hay variables que no pueden ser controladas temperatura, viento, humedad, pendiente. Un tiempo se habló de marca en relación con las pendientes y el 1º. de enero de 2005 se estableció el concepto de récord.
¿Qué diferencia puede existir entre una mujer que corra la misma distancia entre mujeres o entre hombres? De igual manera, con ese criterio, debería haber un RM de hombres que corra entre mujeres. ¡Paparruchas! Se trata, pues, de un récord selectivo sin apego al deporte y mucho menos al rigor científico. Giran intereses no muy claros.
Acaso con ese criterio debería reconocerse como “RM de maratón descalzo” el que señaló Abebe Bikila (2:15.16.2 el 10-09-60)- en los JO de Roma, la Ciudad Eterna. Es una hazaña de un orden deportivo superior, “más a la griega” —aunque el maratón surgió de la cabeza del francés Michel Bréal, que la sugirió a Pierre de Coubertin—, correr descalzo que con la protección de las zapatillas modernas. ¿Y por qué no pensar en un RM de maratón en pista?