Estafa, gritos, ruido y silencio

Los sudafricanos dicen que Oscar Pistorius llora como un bebé, chilla como mujer y dispara y mata como un soldado. Desde su ingreso a los Juegos Olímpicos de los atletas normales, algo de lo más aberrante, Pistorius, de conducta protagónica, navega con la bandera de ...

Los sudafricanos dicen que Oscar Pistorius llora como un bebé, chilla como mujer y dispara (y mata) como un soldado. Desde su ingreso a los Juegos Olímpicos de los atletas normales, algo de lo más aberrante, Pistorius, de conducta protagónica, navega con la bandera de víctima en la frente, dando lástima y consiguiendo sus propósitos. La decisión de la jueza Thokozile Masipa de imponerle una pena de cinco años, la acata la sociedad, pero no la acepta sino que la repudia con sorpresa e indignación, sobre todo porque se tiene la sensación de que las circunstancias y evidencias de la muerte de su novia, Reeva Steenkamp, son tan fuertes, tan poderosas, que resulta inexplicable que hayan sido rebasados mediante artificios legales y legaloides. Y que cinco años que se pueden convertir en diez meses son pocos, muy pocos, por una muerte. Lo que se proyecta a la sociedad es que hay muchos lugares en el planeta, no sólo en Sudáfrica, en los que no se aprecia el valor de la vida. Séneca no se explicaba por qué a un asesino se le condenaba a muerte mientras que a un general, que había matado decenas, cientos, miles, se le recibía con vítores y honores. Hay quienes no entenderán ni comprenderán ni apreciarán el milagro de la vida; mucho menos lo que provocan con segarla.

Aberrante que se le haya permitido competir en los JO de atletas normales porque, si se llegara a permitir el ingreso de otros discapacitados que emplean aparatos mecánicos, el atletismo, como históricamente se ha desarrollado a lo largo de varios siglos, desaparecería.

Al escribir estas líneas lo hacemos con la clara idea y el conocimiento de que la Fiscalía no pudo convencer con sus argumentos en un juicio que se extendió a lo largo de ocho meses. Las razones se ignoran. Masipa rechazó la tesis de asesinato y lo condenó con cinco años de cárcel por homicidio imprudente. Y con la decisión y estas palabras llegan las informaciones de que Oscar Pistorius podría abandonar la cárcel en un lapso de diez meses.

El sitio donde se refugió Steenkamp y murió con las manos en la cabeza es muy pequeño, hay un inodoro en un área de menos de dos metros cuadrados. Pistorius hizo cuatro disparos, uno le acertó en la cabeza a su novia, a través de una puerta. La jueza consideró que Pistorius no pudo anticipar que los impactos fuesen a causar la muerte. En un espacio tan reducido ¡lo imposible e increíble es que no matara! Es como dispararle cuatro balas a una ardilla dentro de una caja de zapatos y,…, sólo un orate puede pensar que disparó sin creer que pudiese matarla.

Esto es algo tan increíble como que Pistorius en ningún momento haya escuchado los gritos de su novia. En este terreno de sucesos increíbles, en los que un elefante se equilibra y columpia en la tela de una araña, sin romper un hilo, se podría considerar que Steenkamp enmudeció de terror y no pronunció un grito. (Y ¿por qué enmudeció desde antes si no había disparos?). Disculpen: Pistorius no escuchó los gritos —los ruidos, cita la defensa—, pero sí el silencio de la novia, porque después fue por un stick y destrozó la puerta, sólo para corroborar que no había ningún intruso. ¡Por qué no lo comunicó y esperó a que la policía abriera la puerta?

Los por qué sobran. Algunos elementos lógicos se estrellan ante los engarces y artificios de la defensa. Acabar con una vida va más allá de una arquitectura verbal. Huele a estafa y a podrido. Y Pistorius, acaso, convendrá el lector, no actuó solo. Lo ayudó gran parte de la sociedad.

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