Espectáculo en las alturas
Se requiere algo más que estar en la elite y ser campeón para dobletear el oro mundialista u olímpico.
Dos luminarias en el orto y ocaso de su trayectoria desafiaron la ley gravitacional y ofrecieron, en intentos fallidos, un espectáculo extra en el Campeonato Mundial de Atletismo de Moscú. Un salto, el de Yelena Isinbayeva, con carácter simbólico, conmovedor, sentimental, realmente sin posibilidades de lograrlo si nos guiamos por las coordenadas de las estadísticas, y otro, el del ucraniano Bohdan Bondarenko, con el deseo de probar, de medir su fuerza muscular y derrumbar ese Everest, el 2.45 metros del cubano Javier Sotomayor, que lleva 20 años de vigencia sin que nadie se aproxime a escalarlo.
El escenario del Mundial es poliédrico, atractivo, emocionante, eléctrico. Proyecta a la competencia deportiva como la expresión humana más difícil, feroz y hermosa; tan difícil que ser el mejor del planeta, ser poseedor de un récord mundial o del oro olímpico resulta insuficiente en el propósito de alcanzar la victoria.
Se han desarrollado casi dos terceras partes de las pruebas individuales, 14, y sólo dos atletas, Usain Bolt, de Jamaica, en los 200 m planos, y el alemán Robert Harting, en lanzamiento de disco, han refrendado su título; en tanto, en el concurso femenino, tres: la keniana Edna Kiplagat, en maratón, Brittney Reese, de Estados Unidos, en longitud, y la neocelandesa Valerie Adams, en lanzamiento de disco.
Se requiere algo más que estar en la elite y ser campeón para dobletear el oro mundialista u olímpico.
Este año, en el salto con garrocha, la atleta A mostró constancia de forma, técnica, actuaciones exitosas. Saltó en cuatro ocasiones por arriba del 4.82 m; alcanzó el 4.90 m, logró además dos saltos de 4.81. La atleta B logró 4.82 m, uno de 4.80 m y otro de 4.77 m. La atleta consiguió dos saltos uno de 4.78 m y otro de 4.75 m.
A es la cubana Yarisley Silva, en franco proceso evolutivo desde que en Guadalajara ganó el título panamericano en Guadalajara con 4.75 m; fue plata en Londres. B es la campeona olímpica Jennifer Suhr. Y C la leyenda viviente Yelena Isinbayeva, que desde 2009 su luz parpadea en el firmamento de la pértiga.
Se presentó sin posibilidades. Había fallado en el Mundial de Berlín tras aquel portentoso 5.05 m en Beijing. Rompió con su entrenador Trofímov se fue con Pétrov maestro de Sergey Bubka. Después, el 6 de marzo de 2011, la reconciliación con Trofímov. El entorno de las relaciones humanas gravita en la actuación del atleta.
Pero Isinbayeva posee algo más que distingue al atleta extraclase: memoria corporal. Tiene 31 años de edad, ha destrozado 26 récords mundiales; 15 en pista al aire libre. Representaba el adiós. Triunfó con un salto de 4.89 m. Luego intentó tres veces el 5.07 m. Falló. Deja la imagen de lo que pudo haber sido y no fue. Deja lo que es: una de la más grandes, acaso, la mejor pertiguista de todos los tiempos.
Bondarenko, de 23 años, logró este año dos saltos de 2.41. El de Lausana y el de ayer en Moscú. Lo mejor que se ha presenciado desde 1994. Después, no hay otro destino que perseguir: el Everest que edificó Javier Sotomayor en Salamanca hace 20 años. Tras asegurar el oro en emocionante duelo con el qatarí Mutaz Essa Barshim y el canadiense Derek Drouin, el ucraniano intentó tres veces el 2.46 m.
Más de 2.41 m sólo lo han conseguido Sotomayor, el sueco Patrik Sjöberg y el ruso Igor Paklin. Con Bondarenko, de 1.97 m de estatura, puede empezar una nueva época en el salto vertical.
