El Macho…

Conocí al boricua en los días previos a aquel combate de septiembre de 1992 contra Julio César Chávez.

Al paso de los años en el sendero del boxeo he observado toda clase de personalidades, formas y conductas de los pugilistas: la de Héctor Camacho fue especial.

Conocí al boricua personalmente en los días previos a aquel combate de septiembre de 1992 contra Julio César Chávez. Extrovertido, de sonrisa fácil, vestimenta colorida y extravagante.

La pelea contra JC fue en el gimnasio de la Universidad de Nevada, en Las Vegas, el llamado Thomas and Mack Center.

Hace 20 años de este suceso, recuerdo muy bien que viaje a la Ciudad del juego en un vuelo charter, junto a una enorme cantidad de aficionados, pero en cuanto llegamos descubrí que habían llegado miles de mexicanos que abarrotaron los hoteles de esa ciudad y paseaban por las calles como cuando se festeja la tradicional ceremonia del Grito en cualquier ciudad de nuestro país.

En México se convirtió esta pelea en un acontecimiento sin precedente. Al darse a conocer que la trasmisión televisiva no podía pasar por TV abierta se desató una euforia tremenda por buscar un lugar para ver el combate en aquel famoso sistema de pago por evento. Récords sin precedente se rompieron en la audiencia que, por supuesto, deseosa estuvo de que el invicto Julio obtuviera la victoria contra el boricua, que presentaba tan sólo una sola derrota en su palmarés (Greg Haugen).

La actitud distendida de Camacho, sus expresiones llenas de retos y seguridad de lo que hacía, provocÓ molestia, encono y reacciones de ira entre los que apoyaron a JC.

Cuando El Macho llegó a la arena para el combate no fue a su vestidor, se dirigió al cuadrilátero, subió a la orilla y, mostrando sus bíceps, estuvo parado ante la multitud que le gritaba y deseaba comérselo vivo; fueron un par de minutos en los que gritaba a voz en cuello Macho time!!!... Ya podrán imaginar cómo rugía la multitud en su contra.

La pelea fue de gran nivel, pero con domino y acoso de Julio César. Al terminar el décimo episodio, la madre de Camacho, doña María, se acercó a la esquina de su hijo y le pidió que ya no continuara peleando; sin embargo, el boxeador lo hizo cabalmente ante un rival superior. Al momento de la decisión, el público, en gran mayoría de México, desató su natural alegría.

En la cena, El Macho se presentó con unos lentes de rejilla muy a su estilo, estuvo unos minutos y se fue directo al hospital. Orinaba sangre.

Años después, en Cancún, le entreviste y descubrí en él una simpatía especial y forma de conducirse que le representaba puntualmente.

Su vida personal contrastó con la deportiva. Cierto, no resulta un buen ejemplo, pero no debo soslayar las cosas buenas que a su paso dejó: la promoción natural para el boxeo.

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