Hepatitis C y cáncer de hígado: por qué algunas personas siguen en riesgo tras curarse
La hepatitis C puede curarse, pero si ya causó cirrosis o fibrosis avanzada, el riesgo de cáncer de hígado no desaparece por completo.

Eliminar el virus de la hepatitis C puede sonar como el final de una historia complicada. Y, en muchos casos, lo es: los tratamientos actuales han cambiado el panorama de una infección que durante décadas fue difícil de controlar; sin embargo, para algunas personas, especialmente aquellas que recibieron el diagnóstico cuando el hígado ya tenía daño avanzado, curarse de la infección no significa quedar completamente fuera de riesgo. El peligro de desarrollar cáncer de hígado puede disminuir, pero no desaparecer por completo.
La hepatitis C es una infección que puede permanecer durante años en el organismo sin causar síntomas evidentes. Mientras la persona se siente sana, el virus puede provocar inflamación crónica en el hígado y favorecer la formación de cicatrices en el tejido hepático, un proceso conocido como fibrosis.
Con el paso del tiempo, esa fibrosis puede avanzar hasta convertirse en cirrosis, una condición que aumenta de manera importante el riesgo de carcinoma hepatocelular, el tipo más común de cáncer de hígado.
En entrevista con el doctor Raymond Chung, director del Departamento de Gastroenterología del Massachusetts General Hospital, la clave está en el momento en que se detecta la infección.
Cuando la hepatitis C se diagnostica temprano y se trata antes de que exista fibrosis significativa, el riesgo de desarrollar cáncer de hígado “prácticamente desaparece” tras la curación y puede llegar a ser comparable al de una persona que nunca tuvo el virus.

¿Quiénes siguen en riesgo después de curarse?
El grupo que debe mantener mayor vigilancia es el de las personas que ya habían desarrollado fibrosis avanzada o cirrosis antes de recibir tratamiento. En estos casos, aunque el virus sea eliminado con éxito, el hígado puede conservar un daño estructural que sigue favoreciendo la aparición de tumores.
“El daño estructural del hígado persiste y continúa favoreciendo la aparición de tumores, aun cuando la infección haya sido curada”, explicó Chung.
Según el especialista, eliminar el virus reduce aproximadamente en un 70 por ciento el riesgo de desarrollar cáncer de hígado en pacientes con cirrosis, pero no lo borra por completo.
Esto significa que una persona puede haber terminado su tratamiento, recibir la noticia de que ya no tiene hepatitis C activa y, aun así, necesitar controles médicos periódicos si antes ya presentaba daño hepático avanzado.
La diferencia está en detectar antes de que haya cirrosis
La hepatitis C puede avanzar durante 20 o 30 años sin manifestaciones claras. Ese silencio es una de las razones por las que muchos pacientes llegan tarde al diagnóstico, cuando el hígado ya tiene cicatrices profundas.

Durante ese periodo, el cuerpo intenta combatir el virus mediante una respuesta inflamatoria constante. El problema es que esa inflamación sostenida también daña las células hepáticas. Con los años, el tejido sano puede ser reemplazado por tejido cicatricial, lo que altera la estructura del hígado y aumenta el riesgo de complicaciones graves.
Por eso, el especialista insiste en que el reto actual no es solo contar con tratamientos eficaces, sino encontrar a las personas infectadas antes de que el daño sea permanente.
¿Qué estudios deben hacerse quienes ya tuvieron cirrosis?
Para las personas con fibrosis avanzada o cirrosis, la vigilancia médica no debe suspenderse después de curar la hepatitis C.
La recomendación es realizar un estudio de imagen del hígado, como un ultrasonido, cada seis meses, acompañado de una prueba de sangre para medir la alfafetoproteína, también conocida como AFP, un marcador tumoral que puede ayudar en el seguimiento.
Este monitoreo permite detectar posibles lesiones en etapas tempranas, cuando las opciones de tratamiento suelen ser más efectivas y las probabilidades de éxito son mayores.
¿Quién debería hacerse la prueba de hepatitis C?
Aunque el mayor riesgo de cáncer se concentra en quienes ya tienen daño hepático avanzado, la prevención empieza mucho antes. Chung señala que todos los adultos deberían realizarse al menos una vez en la vida una prueba de detección de hepatitis C, incluso si no tienen síntomas.
La razón es sencilla: si la infección se detecta a tiempo, puede tratarse antes de que cause cicatrices permanentes en el hígado. En cambio, cuando se descubre hasta que ya hay cirrosis, el tratamiento elimina el virus, pero no siempre elimina las consecuencias del daño acumulado.
La hepatitis C hoy tiene cura. Pero para quienes vivieron años con la infección sin saberlo, la curación no siempre cierra la puerta al riesgo de cáncer de hígado. Por eso, hacerse la prueba, recibir tratamiento temprano y mantener seguimiento médico en caso de fibrosis avanzada o cirrosis puede marcar la diferencia entre detectar una lesión a tiempo o encontrarla cuando ya es más difícil tratarla.
bgpa