Comenzaba el verano de 1957 y terminaba el año escolar, el último que pasé en la primaria Guadalupe Victoria de la ciudad de Durango. Aún recuerdo los dos últimos días de clases. El jueves por la mañana —eran escuelas de tiempo completo, con dos turnos— nos organizamos para la limpieza general del salón: tallamos cada mesa, barrimos el piso, lavamos las ventanas y dejamos el pizarrón impecable. Incluso enjabonamos a fondo y secamos el escritorio de la maestra. Hicimos el mejor esfuerzo posible porque el grupo del año anterior nos había entregado el aula limpísima; era cuestión de corresponder. Por la tarde, a los alumnos de tercero a sexto nos tocó acicalar los patios y la cancha de basquetbol.
El viernes fue la ceremonia de fin de cursos. Nada espectacular: honores a la bandera, el himno nacional y el mensaje edificante de la directora, cuya voz potente iba dirigida a quienes estábamos graduándonos de primaria. Al terminar, la orden fue clara: “Cada quien a su salón por su boleta y a su casa”. El acto carecía de fausto; su valor radicaba en la sencillez: estar bien formados y escuchar con seriedad el discurso de la jefa de la escuela, para cerrar con una porra estruendosa. Bueno, “estruendosa” es un decir para unas doscientas voces infantiles. Para nosotros, los de sexto, esa boleta era crucial; semanas después, debíamos presentarla en una oficina gubernamental para recoger el certificado de primaria.
¡Cómo han pasado los años! Hoy se conmemora con esplendor el fin de los cursos. Hay formalidad incluso para quienes concluyen el preescolar, aun en las escuelas rurales del Consejo Nacional de Fomento Educativo. A quienes terminan la primaria, los directivos les piden que compren un traje; la fiesta incluye bailables, discursos, desayunos (costeados por los padres de familia) y, en muchas partes, incluso una misa.
¿Será una forma de ratificar el laicismo en la escuela? No comprendo por qué tanto protocolo, que, además de implicar gastos innecesarios, se convierte en una carga para las familias de escasos recursos. Mi punto es claro: tanto protocolo sobra. Y ya ni siquiera hay boletas de calificaciones.
A pesar de que el calendario oficial señala que el ciclo escolar termina el 16 de julio, en muchos estados adelantaron el cierre y programaron las ceremonias de clausura para la semana que corre. Me consta que en varias escuelas de Durango los alumnos ya no tienen clases desde la semana pasada, aunque muchos docentes siguen asistiendo. Las vacaciones de este año sí serán largas, pues, según la Secretaría de Educación Pública, el nuevo ciclo escolar de educación básica comenzará el 1 de septiembre. Esto da más oportunidad a los saqueadores de escuelas para apoderarse de los bienes públicos, ante la falta de vigilancia policial y el poco tiempo que tienen los padres de familia para cuidar los planteles.
No obstante, el rito de las ceremonias de graduación procura demostrar que en las escuelas se trabaja, aunque se desconoce cuánto aprende el alumnado. Tampoco estoy convencido de que estas celebraciones ayuden a mejorar las relaciones entre los estudiantes. En las escuelas mexicanas —a diferencia de lo que sucede en países como Japón y Finlandia— no se les estimula a los alumnos a apoyarse entre sí, a trabajar en equipo, a preocuparse por el prójimo ni a ser mejores personas. En suma, la ceremonia exhibe laboriosidad, pero no formación humana.
Es cierto que la pompa y el protocolo son parte de las rutinas escolares —y de la vida pública en general— y tal vez levanten el ánimo de las familias por unos días; sin embargo, pronto llegan las dificultades de las vacaciones para las madres de hogares pobres. No tienen ingresos para pagar cursos de verano ni cuentan con alguien que cuide a sus hijos mientras salen a ganarse la vida. Por eso, lo esencial es retomar la costumbre de antaño: dejar limpios los salones y recibir la boleta de calificaciones. Lo demás es etiqueta sin valor.
RETAZOS
El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar la segunda reimpresión —de la segunda edición— de mi libro El sistema educativo mexicano: la transición de fin de siglo. Estoy orgulloso: más de 30 mil ejemplares vendidos.
