Y ahora H5N1

Cuando parecía que el mundo al fin respiraba aunque fuera con cubrebocas colgado al cuello y la paranoia a medio gas, aparece un nuevo visitante microscópico en el radar: la gripe aviar H5N1. Y no, no es una mala repetición de pandemias pasadas, sino un recordatorio ...

Cuando parecía que el mundo al fin respiraba —aunque fuera con cubrebocas colgado al cuello y la paranoia a medio gas—, aparece un nuevo visitante microscópico en el radar: la gripe aviar H5N1. Y no, no es una mala repetición de pandemias pasadas, sino un recordatorio incómodo de que los virus, al igual que las crisis políticas, nunca descansan.

El primer caso humano en México fue detectado en Durango: una niña de tres años que, según los reportes oficiales, se encuentra grave y hospitalizada en Torreón. El virus, conocido por circular entre aves y provocar estragos en granjas, ha dado el salto a los humanos. Aunque los contagios de persona a persona no han sido confirmados, el simple hecho de que ya haya llegado a nuestro país pone los pelos de punta.

En Estados Unidos el nuevo secretario de Salud —recién nombrado y bajo el reflector tras los recortes masivos de personal en agencias de salud pública— declaró que “no hay razón para alarmarse”, aunque, claro, eso mismo dijeron algunos antes de que el covid-19 nos encerrara y redefiniera nuestras existencias. Pero en esta ocasión hay una diferencia clave: sabemos lo que puede pasar si se minimiza el riesgo desde el inicio.

Lo primero que se debería exigir en México y Estados Unidos es claridad, no calma forzada. Información pública transparente, sin el clásico “todo está bajo control” que no tranquiliza a nadie. Luego, reforzar los mecanismos de vigilancia epidemiológica: monitoreo de granjas, pruebas masivas en zonas de riesgo y protocolos clínicos actualizados en hospitales. La gripe aviar no es nueva, pero esta cepa, con sus propias mutaciones, puede presentar desafíos inéditos.

En México urge una política de comunicación efectiva que no infantilice al público ni oculte la realidad para “no espantar”. En Estados Unidos, el nuevo secretario de Salud deberá probar que no sólo está para apagar incendios políticos, sino que puede encender alertas sanitarias con criterio científico, aun si eso molesta a los de arriba.

Y, sobre todo, ambos países tienen que coordinarse. No con declaraciones en conferencias de prensa, sino con hechos: protocolos fronterizos, intercambio de datos, control veterinario conjunto y simulacros binacionales. Porque si algo aprendimos —a golpes— es que los virus no conocen fronteras ni respetan calendarios electorales.

La buena noticia es que aún estamos a tiempo. La mala es que, como siempre, el reloj avanza más rápido que la voluntad política. Ojalá esta vez la ciencia, la cooperación y la prevención lleguen antes que el miedo. Porque después de la experiencia con covid ya no hay excusa posible: otro error sería imperdonable.

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