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Por “trastornación” se entiende “la acción o efecto de trastornar… tener el funcionamiento mental, emocional o de conducta alterado o desordenado. Se refiere a actuar de manera anormal, a menudo asociada a problemas de salud mental”. Es sabido que las personas de poder pueden presentar este tipo de anomalías, especialmente debido al exceso de confianza, el éxito abrumador o la falta de contrapesos. El Síndrome de Hubris (mejor conocido como “la enfermedad del poder”), es quizás el concepto más asociado a líderes políticos y empresariales. Las principales características de estas distorsiones son: narcisismo, arrogancia desmedida, desprecio por las opiniones ajenas, pérdida de contacto con la realidad y tendencia a la grandiosidad. El poder absoluto trastorna absolutamente.
La historia de México encuentra ejemplos de personajes relevantes quienes cometieron terribles excesos, principalmente porque en su tiempo no hubo capacidades institucionales que contrapuntearan sus designios. Tal vez, el más sombrío de todos lo representa Antonio López de Santa Anna, quien, pese a que llegó a autonombrarse “su alteza serenísima”, es señalado en la historia como el responsable de la pérdida de más de la mitad del territorio nacional. Nombres más recientes, como los de Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo, dan cuenta de crisis económicas, endeudamiento, frivolidad y corrupción. ¿Será que, al final del día, Andrés Manuel López Obrador formará parte de estos tristes ejemplos?
Pese al larguísimo andar por todos los municipios del país (12 años), la claridad en el diagnóstico de las necesidades nacionales, la base territorial construida y el enorme respaldo popular, a AMLO le pasó lo que a todos. Las fisuras personales, entre miedos y trastornos, doblegaron las buenas intenciones que pudieran haber existido para sobreponerles al ego y la banalidad interna. Sobran ejemplos de ocurrencias como la “megafarmacia” o “la rifa del avión presidencial” que dan cuenta de la soberbia y los excesos que, en su momento, no encontraron equilibrios.
Por más que en las formas y el discurso insistió en ser diferente, lo cierto es que, en los hechos cotidianos, echó mano de los principios rectores del destartalado sistema político mexicano (caracterizado por nueve pilares: Caudillismo, Cacicazgo, Centralismo, Clientelismo, Concentración, “Cargada”, “Chayotismo” (sobornos), “Cochupismo” (transas) y “Carranceo” (hurto), AMLO dio vuelo al caudillismo narcisista, a los cacicazgos territoriales con gobernadores impresentables y especialmente a un centralismo, con el cual buscó concentrar un poder absoluto en su persona. Durante su administración se innovaron fórmulas para el chayote periodístico y se desarrollaron innumerables mecanismos de “cochupo”. Desde el huachicol fiscal (600 mil millones de pesos) hasta las extorsiones de despachos en torno al SAT; desde la venta de balasto para el Tren Maya por parte de los hijos del expresidente hasta el desfalco por 9,500 millones de pesos en Segalmex.
Conforme el tiempo pasa, surgen cada vez más elementos que ponen en duda la probidad del tabasqueño. El caso relacionado con el gobernador de Sinaloa y las acusaciones que sobre él pesan, abren la necesidad de recordar todos los escándalos en los que participó AMLO durante su sexenio: el saludo a la mamá del Chapo, las seis visitas a Badiraguato, la liberación de Ovidio Guzmán y el culiacanazo, frases como “el narco es pueblo” o “pido disculpas… al señor Joaquín Guzmán”, así como las investigaciones de ProPública y el New York Times, en las que se vincula al tabasqueño con financiamiento ilícito.
Mas allá de elucubraciones o críticas emocionales, hoy que parecería que a el exmandatario pretende presionar a la presidenta Sheinbaum para que defienda el legado del sexenio anterior, habría que hacer una revisión seria y honesta sobre lo que verdaderamente significó el mandato de ese polémico personaje. Desde un mediocre crecimiento acumulado de 5.5% sexenal (apenas 0.8% anual), hasta el impulso de programas sociales e incrementos al salario que, si bien generaron importantes mejoras en el ingreso para las personas más vulnerables, también consolidaron una base de apoyo clientelar electoral que ha puesto en riesgo a la democracia misma.
Sin embargo, en el contexto de lo que hoy ocurre en Sinaloa, así como los señalamientos cada vez más frecuentes hacia autoridades asociadas con delincuentes, la escalofriante cifra de poco más de 200,000 homicidios dolosos y 50,000 desaparecidos, son tal vez el marco de evaluación objetiva sobre lo que significó tener a López Obrador como presidente, con todo su carisma y don de palabra, pero también con todas sus fisuras y trastornos.
