Hay un vicio en el debate público mexicano y ya nos está costando caro: convertirlo todo en tribu. Si se simpatiza con el gobierno, todo lo que hace está bien; si no se simpatiza, todo lo que hace está mal. Del otro lado, la misma trampa en espejo. En ese terreno, los datos estorban porque los datos, cuando son duros, obligan a matizar. Y matizar, en este país, se ha vuelto sinónimo de traición.
Va entonces la tabla. En julio, el Gabinete de Seguridad reportó que los homicidios dolosos cayeron 48% entre septiembre de 2024 y junio de 2026. El promedio diario pasó de 86.9 asesinatos a 45.4. Traducido a lenguaje humano: 41 vidas al día que no se perdieron. Junio de este año fue el mes con la cifra más baja desde 2015. Veintinueve de las 32 entidades federativas registraron disminución en el mismo comparativo. Quintana Roo bajó 85%; Guanajuato, 68 desde su pico de febrero de 2025; Sonora, 63; Guerrero, 59; Estado de México, 58. Son reducciones que hace tres años nadie sensato habría pronosticado. Días después, el Inegi difundió que el PIB creció 1.5% en el segundo trimestre y 2.1% anual, el mejor desempeño trimestral desde finales de 2020. La Inversión Extranjera Directa alcanzó un récord de 23 mil 591 millones de dólares. El desempleo se ubica en 2.5 por ciento. En junio se rompió el récord histórico de empleos formales en el IMSS, con 22 millones 277 mil 704 trabajadores asegurados, y el salario de cotización más alto del que se tenga registro, 669 pesos diarios. La pobreza laboral está en su mínimo histórico de 30.7 por ciento. Las exportaciones sumaron 723 mil millones de dólares. El comercio bilateral con EU, 839 mil millones. El déficit fiscal se redujo 1.5 puntos del PIB en 2025 y la recaudación subió de 14.7 a 15.2 puntos. Pemex bajó su deuda en 20 mil millones de dólares y mejoró su calificación crediticia.
Estos son los datos. No la interpretación política, no la lectura de trinchera, no la propaganda oficial: los números. Y creo que hay que reconocerlos. Por varias razones que voy a enumerar sin rodeos. Primera, y para mí la principal: el periodismo tiene una obligación mínima con la verdad y esa obligación no admite militancia. Si escribo con dureza cuando las cosas van mal, tengo el deber de escribir con precisión cuando las cifras mejoran. Lo contrario se llama activismo, y ese oficio tiene otro nombre y otro escritorio. Segunda: los ciudadanos merecen información y no bandería. Un país donde la prensa sólo confirma lo que su audiencia ya quiere creer es un país al que le van a estafar la próxima crisis, porque nadie sabrá distinguir la advertencia real del alarido cotidiano.
Tercera: reconocer un resultado positivo no equivale a firmar un cheque en blanco. En estas mismas cifras hay lecturas incómodas. Ocho estados concentran 54% de los homicidios del país. El crecimiento del PIB descansa en actividades primarias y en el precio internacional del oro y la plata, no en un despegue industrial que ojalá viéramos... Reconocer avances no cancela el derecho, ni la obligación, de señalar los pendientes. Cuarta: la crítica pierde filo cuando se vuelve automática. Si opositores y comentaristas dicen siempre que todo está mal, sus advertencias se diluyen cuando sí hay temas relevantes que de verdad están mal. Quinta: detrás de cada número hay historia. Cuarenta y un homicidios menos al día son familias que no van a un servicio funerario, madres que no se suman a un colectivo de búsqueda, hijos que no crecen huérfanos. Veintidós millones de empleos formales son personas con seguridad social. Un salario de cotización más alto es dinero real en un bolsillo real.
Sexta: las democracias serias discuten políticas sobre la base de hechos y no de humores. Ésta es una democracia joven que ya lleva demasiado tiempo aprendiendo a los golpes.
Séptima: cuando se reconoce con honestidad una política que funciona, se genera un incentivo para insistir en el camino correcto. La adulación no lo produce y el silencio tampoco. El reconocimiento serio, sí.
Reconocer no es aplaudir. Reconocer es hacer aritmética con la calculadora prendida. Los datos de julio hablan y nos dicen dos cosas al mismo tiempo: que hay avances reales que sería mezquino ignorar y que hay pendientes reales que sería frívolo minimizar. Nuestra tarea, la de quienes escribimos, es sostener las dos verdades a la vez. Cada vez que renunciamos a la primera para no incomodar a nuestra tribu, empeoramos el oficio. Y empeoramos el país.
