La frontera del clima

Ricardo Peraza

Ricardo Peraza

Editorial

Las civilizaciones siempre han construido murallas convencidas de que el enemigo vendría caminando. Los romanos levantaron el Muro de Adriano; China edificó una muralla visible desde el espacio; Estados Unidos reforzó su frontera sur; Europa convirtió el Mediterráneo en la línea divisoria entre dos mundos. Durante siglos asumimos que las amenazas tendrían un rostro, una bandera y un ejército.

Nunca imaginamos que el mayor desafío del siglo XXI llegaría con algo mucho más silencioso: un clima distinto.

Las imágenes de Ceuta de hace una semana, miles de personas intentando cruzar desde Marruecos hacia territorio español, militares desplegados y cuerpos recuperados del mar, fueron interpretadas, con razón, como un episodio más de la compleja crisis migratoria que vive Europa. Sería intelectualmente deshonesto afirmar que quienes cruzaron aquella frontera lo hicieron únicamente por el cambio climático. La migración jamás obedece a una sola causa. Detrás de cada persona que abandona su hogar conviven pobreza, violencia, ausencia de oportunidades, decisiones políticas, crimen organizado y aspiraciones personales.

Pero también sería un error ignorar una realidad que comienza a hacerse evidente: el cambio climático se está convirtiendo en el gran multiplicador de todas esas crisis.

Durante décadas hablamos del calentamiento global como si fuera un asunto exclusivamente ambiental. Pensamos en glaciares que desaparecen, incendios forestales, huracanes más intensos o especies en peligro de extinción. Nos acostumbramos a medir el problema en décimas de grado y toneladas de dióxido de carbono como si se tratara de una discusión reservada para científicos.

Quizás ésa ha sido nuestra mayor equivocación.

El cambio climático no está transformando únicamente los ecosistemas. Está alterando las condiciones que hicieron posible la civilización tal como la conocemos. Donde escasea el agua disminuye la producción agrícola. Cuando disminuye la producción agrícola aumentan los precios de los alimentos. Cuando el alimento se vuelve inaccesible crecen la pobreza, la inestabilidad política y los conflictos sociales. Y cuando vivir deja de ser una posibilidad razonable, la gente hace lo que la humanidad ha hecho desde siempre: se mueve.

La historia humana, en buena medida, es la historia de las migraciones. Nuestros antepasados cruzaron continentes siguiendo ríos, estaciones y cosechas mucho antes de que existieran los Estados modernos. La diferencia es que hoy hemos construido un orden internacional basado en fronteras fijas mientras el clima comienza nuevamente a comportarse como hace miles de años: obligando a las personas a desplazarse para sobrevivir.

Por eso quizás estamos interpretando mal las imágenes que llegan desde distintos puntos del planeta. Vemos embarcaciones cuando deberíamos observar sequías. Discutimos patrullas fronterizas cuando la conversación debería girar en torno al agua. Debatimos cuántos agentes desplegar sin preguntarnos cuántas regiones dejarán de ser habitables dentro de treinta años. Las fronteras pueden contener personas; no pueden contener la desertificación. Pueden interceptar embarcaciones; no pueden devolver la lluvia. Pueden levantar muros de acero; no pueden impedir que un campo deje de producir alimentos.

La política, sin embargo, suele preferir las soluciones visibles a las soluciones profundas. Es más sencillo anunciar el envío de soldados que invertir durante décadas en adaptación climática. Produce más rédito electoral prometer mayor control migratorio que explicar por qué la estabilidad de un país puede depender de la gestión de una cuenca hidrológica situada a miles de kilómetros. Quizá por eso seguimos llamando “crisis migratoria” a lo que, en realidad, comienza a parecer una transformación geopolítica de proporciones históricas.

Los organismos internacionales advierten desde hace años que el calentamiento global desplazará a millones de personas durante las próximas décadas. No porque el termómetro, por sí solo, obligue a alguien a abandonar su hogar, sino porque el clima modifica lentamente todas las variables que hacen posible una vida digna: el acceso al agua, la productividad de la tierra, el precio de los alimentos, la salud pública, el empleo y, finalmente, la esperanza. Cuando desaparece la esperanza, la geografía deja de ser un arraigo para convertirse en una condena.

México no debería observar este fenómeno como un espectador distante. Somos uno de los países con mayor estrés hídrico en diversas regiones, enfrentamos sequías cada vez más prolongadas, eventos meteorológicos extremos y compartimos la frontera más transitada del planeta. Lo que hoy parece un desafío europeo podría convertirse mañana en una realidad cotidiana para América del Norte. Durante años repetimos que el cambio climático era el mayor problema ambiental del siglo. Tal vez la definición ya quedó rebasada.

No estamos frente al mayor desafío ambiental. Estamos frente al fenómeno con mayor capacidad para alterar simultáneamente la economía, la seguridad nacional, la producción de alimentos, la salud pública, las finanzas de los Estados, el comercio internacional y los movimientos demográficos. Ningún otro desafío contemporáneo posee un efecto tan transversal. El cambio climático no compite con las demás crisis, las potencia.

Dentro de algunas décadas quizá nadie recuerde cuántas personas intentaron cruzar la frontera de Ceuta aquel verano. Lo que probablemente sí recordará la historia es que, mientras el mundo discutía cuántos agentes desplegar en una playa, el verdadero protagonista de aquella escena no llevaba uniforme ni cruzaba el mar.

Era un planeta cambiando las reglas bajo las cuales habíamos aprendido a vivir.

Seguiremos levantando muros porque construirlos es más sencillo que modificar el rumbo del clima. Seguiremos contando migrantes porque resulta más cómodo contabilizar personas que emisiones. Seguiremos creyendo que el problema está del otro lado de la frontera.

Hasta que comprendamos que la frontera más importante del siglo XXI nunca estuvo entre Marruecos y España ni entre México y EU.

Está entre el clima que hizo posible nuestra civilización y el clima que, poco a poco, está dejando de hacerlo.