Válvulas de escape

Hace como veinte años cuando todavía se fumaba en las sobremesas y la política parecía lenta, aunque ya tramara aceleraciones una conocidísima política mexicana me dijo, casi en confidencia: “En un país como México, deben existir tanto el PAN y la Iglesia como el ...

Hace como veinte años —cuando todavía se fumaba en las sobremesas y la política parecía lenta, aunque ya tramara aceleraciones— una conocidísima política mexicana me dijo, casi en confidencia:

“En un país como México, deben existir tanto el PAN y la Iglesia como el PRD y la protesta, porque son las únicas válvulas de escape ante tanta desigualdad, las únicas que hacen soportable la realidad y le construyen una vía de esperanza hacia el futuro”.

No hablaba de virtudes, hablaba de mecánica social. De cómo un país tan fracturado y desigual necesitaba canales simbólicos para no reventar: la misa y la marcha, el rezo por un milagro o el plantón con su furiosa consigna. Eran válvulas, no soluciones. Pero permitían respirar: la gente encontraba dónde colocar su fe, su enojo, sus culpas, su deseo de cambio. Unos en el orden, otros en la ruptura. Ambas mitades sosteniendo, a su modo, la ilusión de que el futuro podía ser distinto.

Veinte años después, no sólo México, sino buena parte del mundo vive colgado de las mismas válvulas con disfraces distintos: populismos de derecha e izquierda, iglesias viejas y nuevas —las de Dios y las del líder- caudillo—, líderes que prometen el fin de la corrupción, de la violencia, de la pobreza, a cambio de una sola cosa: la entrega de nuestro miedo y nuestro cansancio. Seguimos columpiándonos entre extremos, pero ahora la esperanza viene en formato de feligresía total y acrítica. La promesa ya no es “vamos a organizarnos”, sino “confía en mí y lo arreglo yo”. La protesta se vuelve espectáculo; la fe, branding político; la pertenencia, mercancía barata que se construye con un eslogan, con una pulsera, con todos los trendig topics posibles.

El precio de esta “esperanza vacía” es que va (valga la redundancia) vaciando de sentido el tiempo entero. El presente se convierte en sala de espera: “Aguanta tantito, pero exige, pero grita, pero pelea desde las redes, porque ya viene el cambio”, “Dios sabe por qué hace las cosas”, “lo importante es el proyecto histórico”. Se minimiza la violencia, la precariedad, la corrupción cotidiana en nombre de Dios o de una transformación que siempre se pospone. El futuro deja de ser una construcción colectiva y se vuelve estribillo. Y el pasado se manipula hasta perder su valor de referente: lo que estorba, se borra; lo que incomoda, se relativiza; lo que contradice a la narrativa imperante es yerro imperdonable. La historia deja de ser espejo y se convierte en utilería.

Lo inquietante es que muchas de las nuevas válvulas ya no despresurizan nada: entretienen, polarizan, excitan, pero no organizan ni transforman. Las redes funcionan como grito permanente que rara vez se convierte en acción sostenida. Los partidos mutan en franquicias personales. Las iglesias —religiosas o laicas— ofrecen consuelo sin autocrítica. La esperanza deja de ser brújula y se vuelve sedante: sirve para aguantar, no para cambiar.

Tal vez hoy la tarea no sea elegir entre Iglesia o protesta, derecha o izquierda, sino recuperar válvulas que tengan contenido: protestas que no se agoten en la selfie, fe que acompañe y no encubra, partidos capaces de decirse la verdad hacia adentro, medios que administren memoria y no sólo indignación, ciudadanía que deje de delegar su esperanza como si fuera trámite: “Toma, llévatela tú al palacio, al templo, al algoritmo, y avísame cuando se cumpla”.

Si hoy volviera a sentarme con aquella política, le preguntaría qué pasa cuando las válvulas de escape dejan de apuntar a una esperanza con contenido y se convierten en máquinas de ilusión que nos acostumbran a soportarlo todo mientras se vacía el presente, se distorsiona el pasado y se hipoteca el futuro. Porque sí, en un país como México —y en un mundo como éste— necesitamos válvulas. Pero ya no podemos permitirnos que sirvan sólo para que la olla no explote. O ayudan a cambiar la receta o son parte del problema.

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