Con todo respeto
No siempre es sencillo articular prudencialmente la libertad, la firmeza en las propias convicciones y el derecho a disentir. Precisamente por ello, el respeto se vuelve decisivo, pues permite señalar un error sin destruir a la persona, sostener una postura sin atacar, comprender una situación sin renunciar a la exigencia de mejora.
Pablo Álvarez, joven autor español, narra en uno de sus textos una escena tan llamativa como reveladora. La batalla inesperada entre dos ancianos en un parque cercano a su casa. Dos desconocidos se cruzan. Uno hace un comentario que incomoda al otro. En un primer momento, el aludido opta por alejarse; pero, de pronto, de manera explosiva, regresa sobre sus pasos y se lanza contra el supuesto agresor. Empiezan los golpes.
La fuerza, dada la edad de ambos, no es desmedida y la riña adquiere incluso un tono ligeramente cómico. Algunos transeúntes, conscientes de lo que ocurre, intervienen y los separan. La escena, en el fondo, es penosa. Se trata de un altercado nacido de un asunto insignificante que, no obstante, encendió los ánimos y montó un pequeño espectáculo.
Si ampliamos el foco, el escenario político actual destaca precisamente por su exaltación. Es natural —e incluso saludable— que exista diversidad de opiniones. Lo preocupante no es el desacuerdo, es la facilidad con la que se recurre al adjetivo como arma. En ciertos países se escuchan términos como “felón”, “facha”, “fascista” o “traidor”; en otros, “fifí” o “chairo”, además de los más universales “mentiroso”, “corrupto” o “imbécil”. El lenguaje deja de ser vehículo de ideas y se convierte en instrumento de descalificación.
No es raro presenciar situaciones en las que unas personas agreden a otras. La falta de respeto amenaza con convertirse en denominador común y, como sociedad, corremos el riesgo de normalizarla bajo una apariencia de tolerancia que en realidad es indiferencia.
El respeto es un valor universal. Diversas culturas lo han reconocido como pilar para edificar comunidades sólidas y ejemplares. Cuando el respeto prevalece, se generan círculos virtuosos. Los límites razonables de unos abren espacio al desarrollo de otros, quienes a su vez corresponden. Así se construyen entornos sanos, relaciones armónicas y condiciones propicias para el florecimiento humano. El respeto, en suma, nos humaniza. Y eleva nuestra convivencia.
Su ausencia produce el efecto contrario. Deshumaniza, separa, polariza. Allana el terreno para “tirar hacia abajo”; empobrece el diálogo, debilita la confianza y fragmenta los entornos sociales, sean familiares, comunitarios o nacionales. Allí donde el respeto se erosiona, la agresión, la ruptura e incluso la violencia se vuelven más probables.
Se podría objetar que existe el derecho a la libertad de expresión. Es un principio fundamental en las sociedades contemporáneas y merece defensa firme. Pero esa libertad no puede desligarse de límites sensatos, vinculados con la dignidad de las personas y con la prevención de daños evidentes al tejido social.
Como señala Rafael Domingo Oslé, reconocido jurista y catedrático, no existe un derecho a pervertir nuestro entorno ni a canibalizarlo, del mismo modo que no existe un derecho a contaminar el medio ambiente. Ambos comportamientos generan efectos nocivos para la sociedad. Si descuidamos los ecosistemas humanos, sostenidos por anclas como el respeto, debilitamos la convivencia y alimentamos círculos viciosos.
Llamar a las cosas por su nombre es necesario, aunque a veces resulte incómodo, por ejemplo, en el ámbito educativo. El debate de ideas es esencial en una democracia. Disentir ayuda a generar visión de conjunto. Exponer principios éticos, morales o antropológicos es indispensable y no constituye por sí misma un “discurso de odio”. Sin embargo, el camino para lograr todo lo anterior, no es la descalificación o la agresión, pues oscurecen la búsqueda de la verdad y degradan el clima público.
En la práctica, no siempre es sencillo articular prudencialmente la libertad, la firmeza en las propias convicciones y el derecho a disentir. Precisamente por ello, el respeto se vuelve decisivo, pues permite señalar un error sin destruir a la persona, sostener una postura sin atacar, comprender una situación sin renunciar a la exigencia de mejora.
Con todo respeto, quizá ese sea el punto de partida para reconstruir una conversación pública más digna y más humana.
