Un mes de guerra
Un mes en el que ha quedado claro el peligro de los discursos nacionalistas.
Un mes. Un mes en que la humanidad demostró que una pandemia no le movió un ápice su naturaleza. Un mes en que se ha afianzado la ambición y el poder por encima de la vida humana. Un mes de que Rusia inició su operación militar en Ucrania. Una invasión. Un mes en que reclama lo que no es suyo a base de armas. Un mes en que más de 6 millones de personas que hace treinta días tenían un hogar y una cama donde dormir, hoy son considerados desplazados, algunos dentro de su propio país, otros los que tuvieron mejor suerte, lograron cruzar la frontera y llegaron a otra nación en busca de un futuro, de un refugio para ellos y sus familias. Un mes en que las madres tuvieron que despedir a sus hijos. Un mes en que hijos tuvieron que despedirse de sus padres, porque decidieron quedarse y defender la soberanía de su país, otros porque fueron alcanzados por las balas sin haber tenido la oportunidad de tomar una decisión. Un mes en el que ha quedado claro el peligro de los discursos nacionalistas. Un mes que ha evidenciado aún más a los gobernantes que luchan para evitar los contrapesos. Un mes en que plazas, parques, escuelas, zonas residenciales y caminos que antes estaban infestados de árboles, quedaron reducidos a escombros.
Un mes en el que se ha exhibido el apoyo mezquino que se dan entre tiranos. Un mes en que más de 900 civiles han perdido la vida. Un mes en que al menos cien menores han sido asesinados. Un mes de miedo y buscar refugio, así sea a varios metros bajo tierra. Un mes de encontrar en las artes la vía para enviar un mensaje de esperanza. Un mes en que la sombra de las armas nucleares, de las químicas y de las tecnológicas se mueven entre líneas discursivas.
Un mes de intentos por llegar a acuerdos, pero también un mes de constantes amenazas. Un mes de promesas que se encuentran con misiles que transitan sobre lo que tendrían que ser corredores humanitarios. Un mes en que Rusia no se ha sentido intimidada a pesar de las sanciones políticas y económicas que hoy caen sobre el país. Un mes en que el gobierno ruso optó por aislarse del mundo y, con él, llevar a sus ciudadanos a una burbuja. Un mes de treguas que no son respetadas, de mesas de diálogo que llevan a ningún lado, de llamados a la comunidad internacional que condena las acciones de ordenadas por Vladimir Putin.
Un mes en que hemos demostrado lo extraña que a veces opera nuestra lógica, porque ciudadanos rusos ahora son blanco de discriminación en las fronteras, en competencias deportivas, en certámenes de cine, en la industria del entretenimiento, como si ellos, los ciudadanos, fueran responsables de las decisiones que se toman en el Kremlin.
Un mes en que hemos demostrado que esta naturaleza nuestra, tan humana como cruel, no ha dejado de ser la misma, ni siquiera por el peligro que enfrentamos en los últimos 24 meses a causa de una pandemia. Un mes que nos tendría que servir de reflexión para analizar el por qué esta guerra nos conmueve y porque otras activas desde hace varios años, no acaparan igual reflector. Un mes en que hemos recordado que somos la única especie en el planeta capaz de producirnos tanto daño.
