Siete años

Dicen los psicólogos que los ciclos vitales se cierran cada siete años. Que es el tiempo exacto para que todas las células del cuerpo se renueven y, biológicamente, seamos una persona distinta. En la política mexicana, ese reloj biológico tiene una precisión ...

Dicen los psicólogos que los ciclos vitales se cierran cada siete años. Que es el tiempo exacto para que todas las células del cuerpo se renueven y, biológicamente, seamos una persona distinta. En la política mexicana, ese reloj biológico tiene una precisión brutal.

Hoy sábado, cuando veamos a Claudia Sheinbaum tomar el Zócalo, estaremos presenciando el final de la infancia política de la 4T y su entrada en la adultez inevitable. Han pasado siete años desde aquel 2018 de la euforia guinda; seis del padre, y uno de la transición. Pero lo que veremos hoy en la plaza pública ya no es la extensión del obradorismo, sino la decisión más seria de la Presidenta por apropiarse de las llaves de la casa.

Durante el primer año, Claudia jugó con disciplina estoica el papel de la “hija pródiga”. Cumplió con la liturgia, repitió los salmos y mantuvo encendida la vela en el altar del fundador. Pero el poder, en su naturaleza más fría, no admite copropietarios. Sheinbaum -también con “cabeza fría” en este otro frente, el nacional- entendió, quizás con la dureza de los reportes de inteligencia que llegan a su escritorio cada mañana, que la fiesta terminó y que alguien tiene que limpiar el tiradero.

Porque le dejaron un tiradero. Bajo el ruido de las matracas y las consignas de hoy, hay un silencio que martilla. La Presidenta se está dedicando, con una discreción casi quirúrgica, a desactivar la toxicidad heredada. No sólo la de los sexenios neoliberales —esa retórica que ya es paisaje—, sino la del sexenio inmediato anterior. Claudia Sheinbaum está lidiando con las “tuberías rotas” que la narrativa épica de cada sexenio del pasado (pero también del pasado inmediato de la 4T) ocultó bajo la alfombra: el estrés hídrico, el agujero negro de las finanzas públicas, la crisis de seguridad (empeorada por los abrazos), y la infraestructura energética que cruje.

Lo fascinante del momento actual es la estrategia psicológica de Sheinbaum. Otro político hubiera optado por el “parricidio” espectacular: romper tumultuosamente con el antecesor. Ella no. Ella es mucho más sofisticada. Entiende que la psique del mexicano (y sobre todo la de la base de Morena) necesita la idea del tlatoani redentor.

Por eso, Claudia no va a descolgar la foto de Andrés Manuel. No hace falta. Su foto mantiene unida a la familia los domingos. Pero su plan aparece como algo mucho más sutil y eficaz: está convirtiendo a AMLO en una estatua de bronce, tan solo en el líder moral, en el “fundador” al que se le rinde pleitesía en las efemérides, pero al que ya no se le consulta el destino de los egresos de su administración, ni las redefiniciones en políticas públicas, ni las respuestas a Washington…

El mitin de hoy en el Zócalo es ese rito de paso. Es el mensaje cifrado para la clase política y para los “hermanos” incómodos del movimiento que siguen “esperando línea” de Palenque. El mensaje es que la cabeza del Estado mexicano ya no es la heredera, sino la jefa que administra el presupuesto, el orden, la diplomacia, los premios y los castigos.

Hoy, entre la multitud, veremos a una mujer que ha decidido cargar sola con el peso de la realidad, dejando al padre con el peso, mucho más ligero, de la historia.

Han pasado siete años. La metamorfosis ya ha comenzado. Pongamos atención...

ADDENDUM

Como metáfora impecable, el sorteo de ayer... Ella, entre ellos, metiendo el primero de los goles.

Temas:

    X