Sí: las “mujeres mexicanas”
El domingo pasado, Claudia Sheinbaum publicó en Instagram una fotografía junto a Salma Hayek con un pie de foto de dos palabras: “Mujeres mexicanas”. La imagen muestra a la primera mujer presidenta de México junto a una de las actrices mexicanas más reconocidas ...
El domingo pasado, Claudia Sheinbaum publicó en Instagram una fotografía junto a Salma Hayek con un pie de foto de dos palabras: “Mujeres mexicanas”. La imagen muestra a la primera mujer presidenta de México junto a una de las actrices mexicanas más reconocidas internacionalmente. Simple, directo, contundente. Y cargado de un significado que trasciende la sororidad Instagram-friendly. Porque cuando tienes en una sola imagen a la primera mujer presidenta en 200 años de República y a una actriz que rompió techos de cristal en Hollywood —y que Sheinbaum ha reconocido públicamente por su campaña en defensa de los migrantes mexicanos en EU— estás ante un recordatorio histórico: las mujeres mexicanas de excepción no sólo alcanzan la cima. La superan. Y lo hacen eclipsando a sus contrapartes masculinos.
Apenas hace una semana tuvimos otra prueba contundente. El jueves 21 de noviembre, el autorretrato El sueño (la cama) de Frida Kahlo se vendió en Sotheby’s Nueva York por 54.6 millones de dólares, convirtiéndose en la pintura más cara jamás vendida por una mujer artista. Superó el récord de Georgia O’Keeffe y estableció también un máximo histórico para cualquier artista latinoamericano, hombre o mujer. La marca anterior la tenía la propia Kahlo con Diego y yo, vendido en 2021 por 34.9 millones. Frida no sólo rompió su propio récord. Estableció una brecha que ningún artista latinoamericano ha logrado alcanzar. Mientras su esposo muralista es celebrado como “el gran maestro mexicano”, es ella quien vale más en el mercado del arte. Es ella quien define el techo de lo que el arte latinoamericano puede valer.
¿Coincidencia? No. Patrón.
Retrocedamos más: Sor Juana Inés de la Cruz, la monja jerónima del siglo XVII, comparable con Leonardo da Vinci en genialidad universal. Poeta, dramaturga, filósofa, matemática, astrónoma. Desde un convento que le negaba sistemáticamente el acceso a la educación formal, produjo una obra que sigue estudiándose en universidades de todo el mundo. ¿Con quién la comparamos en su época? ¿Con algún virrey mediocre cuyo nombre apenas recordamos? Sor Juana no tiene par masculino en su tiempo. Aquí está el patrón: cuando una mujer mexicana alcanza la excepción, no sólo llega a donde llegaron los hombres de su época. Los supera. Los deja atrás. ¿Por qué sucede esto? Porque para que una mujer mexicana llegue a la excepción, tiene que ser doblemente excepcional. Tiene que ser tan indiscutiblemente brillante que ni siquiera el machismo estructural pueda negarla. Tiene que romper tantas barreras que, cuando finalmente emerge, ya viene con un nivel de excelencia que sus contrapartes masculinos —que nunca tuvieron que romper nada— simplemente no alcanzan. Los hombres mexicanos pueden ser mediocres y aun así llegar lejos. Las mujeres mexicanas tienen que ser genios para que les abran la puerta. Y cuando por fin la abren, resulta que son mejores que todos los que entraron antes sin esfuerzo.
Esa fotografía de Sheinbaum y Salma Hayek, con su lacónico “Mujeres mexicanas”, no es sólo un momento de empoderamiento femenino para el feed de Instagram. Es un recordatorio histórico: cuando México produce mujeres excepcionales, produce figuras que superan ampliamente a sus pares masculinos. No es sororidad. Es superioridad demostrada con hechos. Frida vale más que Diego. Sor Juana no tiene par entre los hombres de su siglo. Sheinbaum llegó donde ninguno de sus antecesores masculinos llegó y ha enfrentado como ninguno de sus pares las amenazas y la peor crisis político-económica derivada por el regreso de Trump. Y Salma logró en Hollywood lo que ningún actor mexicano (y pocos latinos) ha logrado en términos de alcance e influencia. La excepción, cuando se repite tanto, se convierte en regla: las mujeres mexicanas de excepción superan —y por mucho— a los señores. Y eso debería ser una pregunta incómoda para un país que sigue negando sistemáticamente a las mujeres las mismas oportunidades que da a los hombres. Esas dos palabras —”Mujeres mexicanas”— no son un eslogan. Son una advertencia histórica: cuando las dejamos llegar, nos demuestran que siempre fueron ellas, las mejores.
