Segundo piso 2025
El inicio de 2025 marca una nueva etapa en la vida política de México, encabezada por la primera presidenta, Claudia Sheinbaum. Mientras el proyecto de la llamada Cuarta Transformación busca consolidar su legado, la gran pregunta es si ésta será verdaderamente integral ...

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
El inicio de 2025 marca una nueva etapa en la vida política de México, encabezada por la primera presidenta, Claudia Sheinbaum. Mientras el proyecto de la llamada Cuarta Transformación busca consolidar su legado, la gran pregunta es si ésta será verdaderamente integral y sustentable o si se limitará a ser un edificio frágil, sostenido únicamente por la lealtad de sus bases y el ejercicio del poder vertical.
El politólogo Daniel Innerarity, en su reciente columna Año nuevo, sociedad nueva publicada en El País, destaca que “la democracia no se construye sólo con la voluntad de una élite política; requiere la complicidad activa de toda la sociedad”. En el caso de México, significa que el verdadero segundo piso de la transformación debe construirse con la concurrencia de las clases medias, las élites económicas, los activistas, las comunidades indígenas, los empresarios, los sindicatos, y también los sectores académicos y culturales. Sin esta participación, cualquier intento de transformación será vulnerable a los caprichos de una élite gobernante, a las presiones externas como las que seguramente ejercerá el próximo gobierno de Donald Trump, y a los “imponderables” que trae consigo la realidad, como los desastres.
La verdadera transformación de un país no puede ser un proyecto unilateral ni excluyente. México enfrenta una encrucijada histórica donde el éxito de cualquier proyecto de cambio dependerá no sólo de su capacidad para atender las necesidades de los más vulnerables, sino además de su habilidad para tejer un nuevo contrato social que incluya a todos.
La metáfora del “segundo piso” es sugerente, pero potencialmente frágil. La experiencia histórica nos muestra que los proyectos de transformación que se limitan a una base social específica, por más amplia que sea, terminan siendo vulnerables a múltiples amenazas. Los “factores oscuros de poder” —como el narcotráfico— prosperan en los espacios de desarticulación social, donde la falta de cohesión facilita la penetración de intereses criminales. Las presiones externas, sean comerciales o políticas, encuentran terreno fértil cuando pueden explotar las divisiones internas de un país.
Los desastres naturales, por ejemplo, no discriminan, pero sus efectos sí se distribuyen de manera desigual. La capacidad de respuesta y recuperación de una sociedad ante estos “imponderables” depende directamente de su nivel de cohesión y de la fortaleza de sus instituciones.
El reto para cualquier proyecto transformador en México es doble: por un lado, debe mantener su compromiso con los sectores históricamente marginados; por otro, necesita construir puentes con aquellos grupos que, sin ser parte de la élite económica, han quedado fuera del discurso oficial: profesionistas, pequeños empresarios, académicos, trabajadores calificados, y esa amplia gama de mexicanos que constituyen la columna vertebral de la economía formal.
La clase media mexicana es un actor fundamental para cualquier transformación duradera. No sólo por su peso económico y cultural, sino porque históricamente ha sido el sector más dinámico en la promoción de cambios democráticos y en la defensa de instituciones fundamentales.
Los grandes cambios históricos exitosos han sido aquellos que lograron crear nuevos consensos sociales, no los que profundizaron las divisiones existentes.
La construcción de este “segundo piso” requiere una arquitectura social incluyente que contemple mecanismos de participación efectiva para todos los sectores sociales, un proyecto económico que combine el apoyo a los más vulnerables con el fortalecimiento de la clase media, instituciones sólidas que trasciendan los ciclos políticos, y una visión de país que supere la dicotomía entre lo popular y lo profesional.
El mayor riesgo para cualquier proyecto de transformación no es la oposición externa, sino la incapacidad para construir consensos internos.
La verdadera prueba no está en mantener la lealtad de los convencidos, sino en la capacidad de sumar a los escépticos a un proyecto común de nación. El éxito de la transformación dependerá, en última instancia, de su capacidad para convertirse en un proyecto verdaderamente nacional, no en el proyecto de un grupo o una facción, por mayoritaria que ésta sea. Sobre todo cuando tienes la mesa puesta para convocarlos absolutamente a todos.