Sí: revivir a la ONU
Venezuela necesita una salida que no pase por la invasión extranjera ni por la perpetuación del madurismo.

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
Donald Trump acaba de ordenar el “bloqueo total y completo” de todos los petroleros sancionados que entren o salgan de Venezuela. Desde septiembre, operaciones contra presuntas narcolanchas han dejado más de 80 muertos. La narrativa oficial habla de narcotráfico, pero cuando Trump dice que Venezuela debe “devolver todo el petróleo, las tierras y otros activos que robaron” a Estados Unidos, la máscara se cae sola.
Mientras tanto, María Corina Machado reaparece en Oslo tras un año en la clandestinidad, recoge su Nobel de la Paz y promete regresar a Venezuela. Su salida cinematográfica fue facilitada por Estados Unidos. Y, aunque se deslinda de los ataques a las narcolanchas, su discurso encaja perfectamente con la narrativa trumpista: Venezuela está “invadida” por rusos, iraníes y es el “epicentro del crimen de América”. Todo muy conveniente cuando se prepara el terreno para una acción militar.
En medio de esta escalada, Claudia Sheinbaum hizo algo que debería ser obvio, pero ya no lo es en estos tiempos: pidió a la ONU que medie para evitar “cualquier derramamiento de sangre.” Su crítica fue directa: “No se le ha visto (a la ONU)”. Y tiene razón. La Organización de las Naciones Unidas brilla por su ausencia cuando más la necesitamos. Cada vez más silencio sobre el conflicto en Ucrania, en Gaza… y de Siria, como si la hubiesen borrado del mapa.
Porque es muy cierto que ahora vemos también de quienes antes defendían a Maduro, ahora se deslindan públicamente. Gustavo Petro ahora dice: “Yo no apoyo a Maduro.” Su gobierno ha propuesto un gobierno de transición y reconocido que el problema venezolano es la “falta de democracia”. Y claro que cuando ni siquiera Petro puede sostener la defensa del régimen, algo fundamental se ha roto en el tablero latinoamericano. Pero eso no quiere decir que no se deba buscar una salida lo menos trágica o violenta posible. Porque en Venezuela no sólo queda la gente cooptada por la corrupción o la violencia del régimen: quedan millones de venezolanos que no han podido o no han querido dejar su país.
Aquí está la tragedia del multilateralismo en el siglo XXI. La ONU fue diseñada para evitar que las grandes potencias se masacraran entre sí. Pero nunca tuvo dientes reales para detenerlas cuando deciden intervenir en países más pequeños ni para proteger a los pueblos de sus propios gobiernos cuando estos se convierten en dictaduras.
Venezuela necesita una salida que no pase por la invasión extranjera ni por la perpetuación del madurismo. Necesita elecciones libres, justicia transicional. Pero sobre todo necesita que la comunidad internacional encuentre mecanismos efectivos para forzar negociaciones sin bombardeos. Y para eso necesitamos una ONU que funcione.
El llamado de Sheinbaum es correcto, pero probablemente inútil. Porque la ONU que ella invoca —esa organización capaz de mediar efectivamente para prevenir conflictos— simplemente no existe. Lo que existe es una estructura diseñada para otro siglo, controlada por potencias que la usan o ignoran según convenga, e impotente para evitar tanto las masacres sobre los pueblos como los abusos de poder de los gobiernos.
Y mientras tanto, el petróleo sigue fluyendo, los muertos en el Caribe suman, Trump amenaza, Maduro se atrinchera, Machado promete regresar, y el resto de América Latina observa sabiendo que lo que está en juego no es sólo Venezuela. Es la pregunta de si en el siglo XXI todavía es posible construir un orden internacional donde las controversias se resuelvan sin que el más fuerte aplaste al más débil. Por ahora, la respuesta no es muy alentadora.