Remendar el tejido
Las recientes lluvias que han azotado diversos estados de la República nos confrontan con una realidad dolorosa: la vulnerabilidad de miles de familias ante los embates de la naturaleza y la urgente necesidad de reconstruir los lazos de solidaridad que han definido el ...
Las recientes lluvias que han azotado diversos estados de la República nos confrontan con una realidad dolorosa: la vulnerabilidad de miles de familias ante los embates de la naturaleza y la urgente necesidad de reconstruir los lazos de solidaridad que han definido el carácter de nuestra sociedad.
Los estragos son evidentes. Comunidades enteras han quedado incomunicadas, viviendas destruidas, pérdidas materiales incalculables y, lo más lamentable, vidas humanas que no volverán. Ante este panorama desolador, ¿dónde está ese México solidario que siempre se ha levantado como uno solo ante la adversidad?
La respuesta duele tanto como la tragedia misma. No podemos olvidar las imágenes tras el paso del huracán Otis en Acapulco: elementos del Ejército impidiendo el paso de ayuda ciudadana, camiones con víveres detenidos, la solidaridad convertida en conflicto político.
La sociedad mexicana, que desde el terremoto del 85 demostró una capacidad de organización y solidaridad que sobrepasó cualquier estructura gubernamental, se siente hoy desencantada. El impulso natural de tender la mano al hermano necesitado ha sido sofocado por la desconfianza, por el temor a que las donaciones no lleguen a su destino.
Las razones de este desánimo durante el periodo obradorista son múltiples y todas ellas teñidas de cálculo político: la narrativa de un Estado omnipresente que no necesita de la sociedad civil, la descalificación sistemática de organizaciones ciudadanas, la centralización extrema de los recursos de ayuda, el uso propagandístico de las tragedias. Todo ello contribuyó a crear un ambiente donde donar ya no se percibe como un acto de amor al prójimo, sino como una decisión política cargada de suspicacias.
Pero hoy, ante el sufrimiento palpable de miles de familias, es imperativo remendar ese tejido roto. Los damnificados no pueden esperar a que resolvamos nuestras diferencias políticas; necesitan agua, comida, refugio, medicinas, y las necesitan ahora.
Es momento de recordar que la solidaridad mexicana trasciende gobiernos y partidos. Esa capacidad de respuesta inmediata no puede ser rehén de las disputas políticas. Las organizaciones de la sociedad civil, las iglesias, los grupos vecinales, todos tienen un papel fundamental que jugar, con o sin el beneplácito gubernamental.
Ojalá esta nueva tragedia sirva como catalizador para recuperar lo mejor de nosotros. Que las autoridades actuales aprendan de los errores del pasado y faciliten y no obstaculicen, la ayuda ciudadana. Que los canales de donación sean transparentes y confiables.
Remendar el tejido social no será tarea fácil. Requerirá humildad de las autoridades, generosidad de los ciudadanos y, sobre todo, la convicción de que somos más fuertes cuando actuamos unidos. Los mexicanos que hoy sufren bajo el agua y el lodo merecen que superemos nuestras divisiones y les tendamos la mano sin condiciones.
La historia nos juzgará no por nuestras disputas ideológicas, sino también por nuestra capacidad de responder con humanidad ante el sufrimiento. Es hora de demostrar que el espíritu solidario de México, aunque lastimado, sigue vivo. Me encantó ver a la presidenta Claudia Sheinbaum arremangada visitando las zonas devastadas (eso es también el poder ejercido en femenino, desde la empatía), pero ojalá recuerde que no está sola: que hay una sociedad entera dispuesta, siempre a mojarse los pies, a barrer el lodo, a secar los niños y no sólo comprar, sino también a calentar la sopa… Ya es hora de remendar ese tan nuestro y maravilloso tejido.
