Punch: la ternura como resistencia

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

  • Que billones de parámetros de aprendizaje se dediquen a fabricar ternura pixelada no es trivial. 

Existe un changuito llamado Punch que ha tomado rehenes del alma colectiva. En medio del caos digital, entre notificaciones de masacres, aranceles y colapso institucional, los algoritmos nos entregaron la imagen de un pequeño primate con una expresión de perplejidad cósmica que nos hizo sonreír. La inteligencia artificial (esa herramienta asignada para optimizar hasta nuestro sufrimiento) convirtió a Punch en miles de videos donde hace cosas simples: abrazar su peluche, tomar café, descubrir la música. Cada uno de esos clips, generados por máquinas que no entienden la ternura, pero la replican con precisión suiza, es un acto de amor desesperado.

Pero vivimos en la era donde la inocencia fue asesinada por figuras como Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, cuando la economía de la droga decidió que valía más que cualquier vida. Vivimos entre narcobloqueos —esa palabra que los mexicanos aprendimos como quien nombra al cáncer—, Oxxos cerrados y camiones quemados. O en Ucrania, con drones que caen como plagas antiguas. Incluso en los Epstein Files, donde descubrimos que la depravación tiene agenda y pasaporte.

Y entonces: Punch. Un animal de cuatro kilos que no sabe nada, pero cuya imagen es retomada por redes neuronales para reproducir la ternura que habíamos exiliado (o la realidad había dejado casi para nunca). ¿Qué dice esto de nosotros? Que somos animales heridos buscando agua limpia. Hemos llegado a un punto tan avanzado de tecnología y tan profundo de cinismo y de violencia que necesitamos que las máquinas nos devuelvan lo que hemos perdido: nuestra esencia de mamíferos que sienten.

Mientras la calle supura la banalidad del mal, millones abrimos una aplicación para ver a Punch descubrir que sus manos existen. Eso no es escapismo; es arqueología de la esperanza. Que billones de parámetros de aprendizaje se dediquen a fabricar ternura pixelada no es trivial. Es la prueba de que algo en nosotros, aunque esté programado en algoritmos, aún cree en la redención.

Quizás sea en eso donde nos salve la IA: no en su capacidad de ser inteligente, sino en su capacidad de ser tonta y, aunque no siente, entiende perfectamente todo aquello que sentimos y así puede fabricar ternura sin poder sentirla, precisamente para salvarnos cuando nosotros ya hemos sentido demasiado.

En el fondo, Punch es algo así como nuestro diario privado. El lugar donde confesamos que después de tanta brutalidad y evidencia de colapso, aún no hemos perdido la necesidad de abrazar la gentileza y el amor. Mientras miremos a Punch podemos pretender, aunque sea por 30 segundos, que en algún lugar del mundo existe algo de nosotros que todavía no ha sido contaminado. Que es bello, que es nuestro. Y que aún respira.

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