En la madrugada del martes 20 de enero, justo un año después de que Donald Trump pusiera la mano sobre la Biblia para iniciar su segundo mandato, un convoy blindado salía del Altiplano con 37 reos de alta peligrosidad. La sincronía no es casual, y tampoco debería serlo. Es diplomacia inteligente: entender qué fechas importan en Washington y usarlas para fortalecer la posición de México en una negociación donde las cartas no están repartidas de manera equitativa.
Entre los 37 criminales trasladados están Abraham Oseguera Cervantes, hermano de El Mencho, Ricardo González Sauceda El Ricky del Cártel del Noreste, y Pedro Inzunza Noriega El Señor de la Silla. Operadores de alto nivel que desde prisiones mexicanas seguían ejerciendo influencia, coordinando violencia, manteniendo estructuras criminales activas. Su salida del país no es una concesión, es higiene de seguridad nacional.
El Hércules C-130 de EU que aterrizó en Toluca el sábado pasado generó especulación inevitable. El gobierno explicó que se trataba de un vuelo autorizado desde octubre para capacitación del Comando Norte. El avión regresó a Texas el domingo. Los reos fueron trasladados días después en siete aeronaves militares mexicanas. La coordinación bilateral existe, pero bajo términos que México estableció.
Que el operativo ocurriera en el primer aniversario de Trump no es oportunismo, sino estrategia. Sheinbaum entiende que en la relación con EU, el timing lo es todo. Trump lleva meses amenazando con ataques terrestres contra los cárteles, pintando a México como un Estado fallido. La respuesta no llegó en forma de declaraciones airadas, sino de resultados concretos: 92 criminales de alto impacto enviados a EU en esta administración. Es la única respuesta que Washington respeta.
Omar García Harfuch aseguró que se estableció con el Departamento de Justicia el compromiso de no solicitar la pena de muerte. Esto no es debilidad negociadora, sino línea roja no negociable. México mantiene su postura abolicionista incluso cuando extradita. Es precisamente el tipo de firmeza que se necesita: cooperar sin ceder principios.
El contexto importa. Estos 37 reos no son víctimas inocentes, sino operadores del Cártel del Noreste, el CJNG, Los Beltrán Leyva: organizaciones responsables de miles de muertes, de desapariciones, de terror en comunidades enteras. Que enfrenten justicia en EU por delitos cometidos allá no debilita al sistema judicial mexicano, lo complementa. Y más importante: los saca de un sistema penitenciario donde su presencia era fuente constante de corrupción y violencia.
Ésta es la tercera entrega masiva en la administración de Sheinbaum: febrero, 29 capos; agosto, 26; ahora, 37. No son reacciones desesperadas, sino política consistente. Lo que algunos leen como sometimiento es en realidad reconocimiento de realidad geopolítica: México comparte 3 mil kilómetros de frontera con EU, gobernada por un presidente que amenaza con intervención militar. En ese contexto, demostrar capacidad y voluntad de cooperación no es debilidad, es la única jugada que preserva margen de maniobra.
La alternativa era clara: no hacer nada y esperar a que Trump cumpliera sus amenazas de operaciones unilaterales. O actuar primero, bajo nuestros términos, usando nuestros recursos, manteniendo nuestra jurisdicción.
Lo que quedó claro es que la soberanía no se ejerce gritando consignas, sino tomando decisiones difíciles que protejan intereses nacionales de largo plazo. México sacó del país a 37 criminales de alto impacto, fortaleció credibilidad ante Washington, demostró capacidad operativa institucional, y mantuvo líneas rojas como el rechazo a la pena de muerte. Gobernar es trabajar con el mundo que existe, no con el que quisiéramos tener. En ese mundo real, sacar a 37 operadores criminales el día del aniversario de Trump no fue concesión. Fue inteligencia estratégica. Y probablemente nos ahorró problemas mucho peores.
