El poder por la fuerza

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

En las últimas semanas hemos presenciado una masterclass sobre cómo se ejerce el poder cuando se abandona toda pretensión de legitimidad y se abraza la brutalidad como método. Desde Caracas hasta Teherán, los poderosos nos recuerdan que cuando fallan los argumentos, quedan las botas, los helicópteros Chinook y el botón de apagar internet. Es el viejo manual del autoritarismo: si no pueden convencerte, te silencian; si no pueden legitimarse, te amedrentan.

El 3 de enero, Donald Trump ordenó un operativo militar que sacó a Nicolás Maduro de su dormitorio en Caracas y lo trasladó a una celda en Brooklyn. La operación fue limpia, quirúrgica, eficiente. Trump no perdió tiempo en explicar sus motivos: Venezuela tiene petróleo y metales raros que EU necesita. No hubo retórica sobre democracia ni derechos humanos. Solo crudeza. El poder no necesita justificarse cuando tiene la fuerza suficiente.

Mientras Maduro enfrenta cargos en NY, quienes quedaron al frente en Caracas aplicaron su propia versión de la brutalidad. El gobierno venezolano publicó un decreto que ordena capturar a “cualquier persona involucrada en la promoción” del ataque estadunidense. Es el poder ejercido como amenaza permanente: obedeces o desapareces.

A 12 mil kilómetros de distancia, en Irán, el régimen nos da otra lección sobre el poder que sólo sabe reprimir. Desde el 28 de diciembre, protestas masivas sacuden 111 ciudades en las 31 provincias del país. Los manifestantes gritan “Muerte al dictador” en las calles de Teherán. La respuesta: al menos 45 muertos, ocho de ellos menores, más de 2 mil detenidos, y el ayer, apagar el internet.

El apagón digital iraní no es un accidente técnico. Es una estrategia deliberada de asfixia informativa y organizativa. Si no pueden convencer a los jóvenes de que se callen, les quitan los teléfonos. Si no pueden impedir que el mundo vea la represión, apagan las cámaras. Las VPN dejaron de funcionar. Irán se convirtió en una isla informativa, donde el régimen puede reprimir sin testigos y mentir sin contradictores.

Hanna Arendt dedicó buena parte de su obra a distinguir entre poder y violencia. Para ella, el poder genuino surge del consenso. La violencia es el último recurso de quien ha perdido el poder real. “El poder y la violencia son opuestos”, escribió. “Donde uno domina absolutamente, el otro está ausente. La violencia aparece donde el poder está en peligro”. Los regímenes que recurren a la fuerza bruta no lo hacen desde una posición de fortaleza, sino desde la debilidad de quien ya no puede gobernar con legitimidad.

Max Weber nos enseñó que toda dominación necesita justificarse. Pero lo que estamos viendo es el agotamiento de esa pretensión. Trump no se molesta en legitimar su intervención más allá del interés nacional. El régimen venezolano no justifica su represión más allá del miedo. Irán no explica el apagón más allá de la necesidad de control.

Maquiavelo concluía que era mejor ser temido que amado. Pero incluso él sabía que el temor tiene límites: “Debe hacerse temer de tal modo que, si no se hace amar, evite al menos el odio”.

El problema con el poder por la fuerza es que funciona. En el corto plazo, es efectivo. Maduro está en una celda. Muchos similares a él están aterrorizados. Los jóvenes iraníes no pueden organizarse sin internet. La brutalidad produce resultados inmediatos y medibles. Por eso es tan seductora: es simple, es directa, es eficiente.

Pero la represión violenta siembra la semilla de su propia autodestrucción: el resentimiento. Cada muerto iraní es un mártir. Cada persona arrestada en Venezuela es un símbolo de resistencia. Cada apagón de internet es un recordatorio de que el régimen teme a su propia población. La fuerza controla el presente, pero corroe el futuro.

Trump cree que puede administrar Venezuela porque tiene los helicópteros y el petróleo. El régimen madurista cree que puede aterrorizar a los venezolanos. El gobierno iraní cree que puede apagar internet y hacer desaparecer las protestas. Todos tienen razón... por ahora. La fuerza funciona hasta que deja de funcionar. El poder por la fuerza es el poder de quien ya perdió. Es el último recurso de quien no puede gobernar, sólo reprimir. Es efectivo, pero insostenible; poderoso, pero frágil; brutal, pero desesperado. La brutalidad impresiona. La fuerza intimida. Pero ninguna de las dos construye nada duradero. Sólo posponen lo inevitable.