Colombia votó el domingo con la claridad brutal de quien ya no tiene tiempo para matices. Abelardo de la Espriella ganó la primera vuelta con casi 44% de los votos, dejando en segundo lugar al oficialista Iván Cepeda, aliado de Gustavo Petro. Habrá segunda vuelta el 21 de junio, pero la dirección del viento es inequívoca. De la Espriella defiende una relación más estrecha entre Bogotá y Washington en materia de seguridad, lucha contra el narcotráfico y cooperación económica, y ha expresado en varias ocasiones su admiración por Donald Trump. No es un matiz menor: es la pieza que faltaba en el tablero hemisférico que Washington lleva meses construyendo.
Para leer lo que ocurrió en Bogotá hay que volver a marzo, cuando Trump convocó en su resort de Doral a 12 mandatarios latinoamericanos bajo el nombre Escudo de las Américas, una coalición declarada contra el narcoterrorismo, los cárteles y la migración masiva, que la propia Casa Blanca situó como refuerzo a la Doctrina Monroe. La reunión fue un ejercicio de cartografía política: los gobiernos de México, Colombia y Brasil no fueron invitados, los tres con administraciones de centroizquierda o izquierda que mantienen distancia con la agenda de seguridad de Washington. Para el analista Tokatlian, la exclusión responde tanto a factores políticos como estratégicos: la idea sería enviar el mensaje de que la coalición está dispuesta a actuar contra el narcotráfico incluso si esos gobiernos no participan. Washington estaba esperando que el ciclo electoral hiciera lo que la diplomacia no podía. En Colombia, ese ciclo acaba de entregar resultados.
El ascenso de De la Espriella consolida el surgimiento de una nueva derecha con referencias explícitas a los modelos de Bukele, Milei y Trump. El candidato promete acabar con la delincuencia siguiendo el modelo de mano dura del presidente salvadoreño, y ha anunciado que quiere fumigar plantaciones de coca y bombardear campamentos “narcoterroristas”. La retórica encaja como llave en la cerradura del marco doctrinario que la administración de Trump despliega desde enero: la Estrategia de Defensa Nacional 2026 se centra en América Latina en el combate al narcoterrorismo en el hemisferio y en garantizar el acceso militar y comercial estadunidense a territorios clave. El documento denomina a este principio el “Corolario Trump a la Doctrina Monroe”, que combina el rechazo a la influencia de China, Rusia e Irán con la legitimación del uso de fuerza militar contra los cárteles designados como Organizaciones Terroristas Extranjeras. No es retórica de campaña. Es doctrina operativa, como demostró la captura de Maduro en Caracas.
Si De la Espriella gana el 21 de junio —y todo apunta a que ganará— Colombia se incorpora orgánicamente al Escudo de las Américas, y México quedará flanqueado al norte por la frontera que Trump militariza por decreto y al sur por una coalición hemisférica que considera a los cárteles mexicanos amenazas terroristas sujetas a fuerza letal. La Estrategia Nacional de Control de Drogas 2026 ya advierte que la cooperación ya no será evaluada por declaraciones políticas, sino por indicadores precisos: extradiciones, destrucción de laboratorios, interrupción de cadenas logísticas y reducción real de capacidades criminales. El tránsito de la diplomacia declarativa a la rendición operativa de resultados redefine el costo de la inacción mexicana en términos que Sheinbaum todavía no ha terminado de calcular. El margen de la ambigüedad estratégica que ha cultivado con paciencia admirable se irá estrechando. No mañana. Pero pronto.
El tigre rugió en Barranquilla. El sonido llegó hasta aquí. México haría mal en pretender que no está ocurriendo, y reajustar su estrategia para defender una postura de izquierda digna que no sea provocadora ni suicida.
