Pasaportes

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Para entender esta semana en América Latina conviene fijarse en dos pasaportes. Uno, el de Flávio Bolsonaro, debía estar el martes al mediodía en manos de la Policía Federal de Brasil. Nunca llegó. El otro, el de María Corina Machado, sirvió el domingo para lo contrario: volver a un país del que salió a escondidas en diciembre de 2025 rumbo a Oslo y al Nobel de la Paz. Los dos documentos traen un sello que no es brasileño ni venezolano. Lo pusieron en Washington.

Empiezo por Brasil. Flávio, primogénito de Jair, perdió el balotaje del domingo 25 contra Lula, y al día siguiente un juez le ordenó entregar sus pasaportes. Desde julio el Supremo Tribunal Federal lo investiga por lavado de dinero, corrupción y evasión de divisas. El expediente nace de algo casi cómico: Dark Horse, la película sobre su padre. Flávio le pidió al banquero Daniel Vorcaro, dueño del quebrado Banco Master y preso desde marzo, 134 millones de reales para producirla, y según la Policía Federal más de 60 millones sí se pagaron. Primero negó cualquier trato con Vorcaro; luego Intercept Brasil publicó los audios y tuvo que admitirlo. El martes dejó vencer el plazo y a las 22:50, según la migración argentina, cruzó el puente Tancredo Neves hacia Puerto Iguazú. Un jet privado hizo escala en Guayaquil y este miércoles lo bajó en Opa-Locka, en Miami.

Lo peor vino después. El gobierno de Javier Milei confirmó que facilitó la salida, con Santiago Caputo en Iguazú desde el lunes. Folha de S.Paulo reportó que la operación tuvo el visto bueno de Marco Rubio. El Departamento de Estado de EU anunció visas para Flávio y su familia, y Donald Trump llamó “muy extrañas” a las elecciones brasileñas. Allá lo espera su hermano Eduardo, autoexiliado y con orden de captura en Brasil. Los Bolsonaro ya tienen sucursal en Florida.

Ahora Venezuela. El mismo domingo en que Brasil votaba, Machado apareció en el santuario de la Divina Pastora, en Santa Rosa, Barquisimeto, después de al menos siete intentos frustrados. Delcy Rodríguez, presidenta interina desde que fuerzas estadunidenses capturaron a Nicolás Maduro el 3 de enero, dijo que el show se podía haber evitado. Y otra vez Rubio se colgó la medalla: escribió que el regreso seguro de Machado era fruto de las conversaciones de reconciliación que Estados Unidos impulsa desde agosto. La ironía es evidente. Machado se negó a sentarse en esa mesa y aun así volvió gracias a ella.

Celebro que esté en su país. Una Nobel de la Paz impedida de pisar Venezuela era una anomalía que nadie debía normalizar, y lo que pedían quienes la recibieron en las carreteras de Lara es razonable: elecciones con fecha. Delcy prometió en la ONU que las habrá. Todavía no dice cuándo.

Pero pongamos los dos hechos sobre la misma mesa. Sobre Venezuela, Washington sostiene que la democracia exige votar y que la líder opositora vuelva con garantías. Sobre Brasil, insinúa que una elección fue rara porque la perdió su aliado, y recibe con visa exprés a quien huye de una orden judicial. El criterio no es la urna ni la ley, es la cercanía con la Casa Blanca. Machado entró por la puerta que Rubio le abrió y Flávio salió por la ventana que Rubio le dejó abierta.

Y aquí tengo que voltear a México. Desde agosto sabemos que el Departamento de Estado de EU retiró visas a más de 50 políticos mexicanos sin mostrar una sola prueba pública. A un senador brasileño al que su propio Supremo investiga le resuelve el trámite en horas. La visa estadunidense dejó de ser un asunto consular para volverse herramienta de política exterior, y más vale que la Cancillería la lea así.

A Machado le toca ahora demostrar que su liderazgo no depende de la misma mano que hoy protege a Bolsonaro. Si la transición venezolana termina siendo una concesión de Washington, Venezuela habrá cambiado de tutor y poco más. Mala señal cuando la política latinoamericana empieza a tramitarse en una ventanilla de Miami.