“¡Vuelvan!”

Hay presencias y encuentros que han enriquecido nuestras horas no solamente mientras tuvieron lugar, sino permanentemente, pues los llevamos impregnados indeleblemente en la memoria y en el espíritu: son inolvidables por lo que nos transmitieron, por la vida que dieron a nuestra vida, por la magia con la que nos deslumbraron, por las emociones, las palabras y los silencios que nos compartieron.

 Nos abrazaron cálidamente y ese abrazo no se desvanece con el paso de los años, nos acompaña siempre, día a día, entrañablemente. Nos ayudaron a convertirnos en lo que no éramos, en ciertos casos en lo que no nos atrevíamos a ser, en lo que sin ellos no hubiéramos descubierto en nosotros mismos.

Nos dieron ánimo para sentirnos fuertes —Goethe escribió que nos hace más fuertes sentirnos amados que sentirnos fuertes—, nos dieron confianza para percibirnos capaces, nos ofrecieron enseñanzas que no necesariamente proporcionan las aulas y los libros, nos mostraron dimensiones de la vida de las que no sabíamos hasta que los conocimos. 

Nos dieron la afectuosa palmada en la espalda en el preciso momento en que más la necesitábamos, las lecciones que nos hacían falta, el aliento que nos ayudó a salir adelante. Nos hicieron reír, llorar, reflexionar, comprender, rectificar, solidarizarnos, conmovernos, atrevernos, nos entristecieron, nos llenaron de alegría, es decir, nos hicieron más humanos.

Aunque nunca nos dejarán del todo porque los llevamos en la memoria y en el corazón, no nos conformamos con eso. No tuvimos suficiente con lo que recibimos de ellos porque sabemos que de seguir presencialmente con nosotros nos hubieran dado más y más, sin que se agotaran jamás los dones que nos brindaban por más que se prolongase su presencia. Quisiéramos seguir disfrutando por siempre su cercanía. Dice Fernando Savater que el amor es “el ciego deseo incondicional de que siga existiendo lo que puede dejar de existir” (La vida eterna, Ariel).

Mientras los protagonistas de esas presencias y esos encuentros estuvieron físicamente con nosotros, no nos dimos cuenta cabalmente de cómo y cuánto enriquecieron nuestros días, pero cuando ya no están tomamos conciencia de cuánto les debemos.

Mientras los tuvimos cerca, o por lo menos al alcance, nunca valoramos justamente lo que significaban para nosotros, la manera en que hacían que nuestra vida fuera mejor, más disfrutable, más querible, más intensa. Lo expresa José Ángel Buesa así:

Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,

y el corazón me dice que no te olvidaré:

pero al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,

tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.

Claro, no todas y todos ellos nos hicieron más felices, pero sí, como ya había apuntado, más humanos. Le dieron más vida a nuestras horas. Nos ayudaron a ser mejores; nos impulsaron a sacar lo mejor de nosotros mismos, aquello que estaba adormecido y no sabía cómo despertar.

Si todavía estuvieran con nosotros, aunque a punto de partir, les diríamos como Lear junto al cadáver de Cordelia: “Quédate un poco más… un poco más”. Quisiéramos que nunca se fueran quienes hemos querido tanto y, aunque ya no estén, seguimos queriendo. 

¿Quién no anhela reencontrar a aquellas y aquellos que fueron esenciales en nuestra existencia, encontrarlos como estaban en su mejor momento o, mejor dicho, como estaban en el mejor momento para nosotros? ¡Qué daríamos por un día, por una noche más de su compañía! ¡Qué cosas que no les dijimos cuando estaban aquí les diríamos entonces! ¡Cómo disfrutaríamos de ese reencuentro que sabemos irrealizable!

Los añoramos porque los sabemos irrepetibles. Nos solazamos con su recuerdo, pero es un gozo imbuido de nostalgia. Su permanencia en la memoria y en el corazón no nos consuela de su ausencia material. Por eso nos aferramos a las creencias religiosas que alimentan la ilusión de que nos esperan en un mundo en donde ya no nos separaremos de ellas y ellos.

Pero hasta los más firmes creyentes dudan de que ese mundo realmente exista. Por eso, sabiendo que aquí, en el único mundo que conocemos, ya es imposible tener nuevamente su compañía, algo muy íntimo que habita en el fondo del alma les pide: “¡Vuelvan!”.