Otra vez, la cantaleta del fraude
El déjà vu electoral estadunidense resulta tan predecible como preocupante. A escasos días del cierre de las campañas presidenciales, Estados Unidos se encuentra nuevamente en un inquietante empate técnico entre Kamala Harris y Donald Trump, mientras este último ya ...
El déjà vu electoral estadunidense resulta tan predecible como preocupante. A escasos días del cierre de las campañas presidenciales, Estados Unidos se encuentra nuevamente en un inquietante empate técnico entre Kamala Harris y Donald Trump, mientras este último ya enarbola, como un mantra anticipado, su gastada, pero efectiva narrativa del fraude electoral. La historia parece repetirse con una precisión casi cinematográfica. Al igual que en 2020, las encuestas muestran una contienda muy cerrada, con márgenes tan estrechos que cualquier predicción resulta arriesgada. Sin embargo, la verdadera similitud no está en los números, sino en la retórica que Trump ha comenzado a desplegar: el anticipado grito de “fraude” que resuena como un eco de su fallida campaña anterior.
Esta estrategia de deslegitimación preventiva no es nueva ni sorprendente, pero sí profundamente peligrosa para la democracia estadunidense. Trump ha convertido el alegato de fraude en una póliza de seguro político: si gana, la victoria confirma su narrativa de que el “pueblo verdadero” triunfó sobre el “sistema”; si pierde, el “fraude” explica la derrota y mantiene movilizada a su base política. Lo verdaderamente alarmante es cómo esta retórica ha encontrado un terreno fértil en un segmento significativo del electorado estadunidense. La desconfianza en el proceso electoral, sembrada metódicamente desde 2016 y regada con sangre el 6 de enero de 2021, ha echado raíces profundas en la psique política americana. Ya no es sólo una estrategia electoral; se ha convertido en un artículo de fe para millones de votantes.
El sistema de votación anticipada, una práctica que debería ser celebrada como una expansión de la participación democrática, se ha convertido en el nuevo blanco de las teorías conspirativas. Trump y sus aliados han logrado transformar una herramienta de accesibilidad electoral en un supuesto mecanismo de fraude, sin presentar jamás evidencia sustancial de tales acusaciones. La ironía es que esta narrativa del fraude podría tener consecuencias reales, pero no de la manera que Trump sugiere. La desconfianza sistemática en el proceso electoral podría llevar a una menor participación entre algunos votantes, mientras que otros podrían sentirse motivados a tomar acciones más drásticas para “proteger” su voto, como ya vimos en el asalto al Capitolio.
Kamala Harris, por su parte, enfrenta el desafío de defender no sólo su plataforma política, sino también la integridad misma del sistema electoral estadunidense. Su campaña debe navegar el delicado equilibrio entre movilizar a su base y no alimentar involuntariamente las narrativas de polarización que Trump explota tan efectivamente. El empate técnico actual sugiere que EU sigue profundamente dividido, no sólo en términos políticos, sino en su comprensión misma de lo que constituye la democracia. Para un segmento del electorado, la democracia es un sistema de reglas y procedimientos que debe ser respetado, independientemente del resultado. Para otro, la democracia sólo es válida cuando produce el resultado deseado.
La comunidad internacional observa con preocupación (¡y cómo no!, si EU sigue siendo la primera potencia del mundo). La estabilidad política de EU tiene repercusiones globales, y la posibilidad de otra crisis postelectoral como la de 2020 genera inquietud en mercados y cancillerías por igual. Esta elección no es sólo una contienda entre Harris y Trump o entre demócratas y republicanos. Es un referéndum sobre la capacidad de la democracia estadunidense para sostener elecciones legítimas y transferencias pacíficas del poder. La “cantaleta del fraude” de Trump no es sólo una estrategia electoral; es un ataque directo a los cimientos de la democracia americana.
El verdadero peligro no es que haya fraude electoral —los múltiples estudios y verificaciones han demostrado repetidamente que el fraude electoral sistemático es prácticamente inexistente en EU. El verdadero peligro es que millones de personas crean que lo hubo, independientemente de la evidencia, y actúen en consecuencia. La posverdad como gran ganadora y no las urnas. La pregunta no es sólo quién ganará, sino si la democracia estadunidense podrá sobrevivir a otra ronda de acusaciones infundadas de fraude. La cantaleta puede ser predecible, pero sus efectos siguen siendo tan peligrosos como imprevisibles. Para Estados Unidos y para el mundo entero.
