Nueva Corte: entre vértigo y esperanza

El lunes inicia funciones la nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación. No es un simple relevo institucional: es el comienzo de una etapa que definirá el equilibrio o el desequilibrio de la República. Con la salida forzada de ocho ministras y ministros, la Corte ...

El lunes inicia funciones la nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación. No es un simple relevo institucional: es el comienzo de una etapa que definirá el equilibrio —o el desequilibrio— de la República. Con la salida forzada de ocho ministras y ministros, la Corte perdió experiencia, autonomía y contrapesos. Lo que arranca ahora es un experimento inédito: un tribunal constitucional conformado, en buena medida, bajo las reglas de la reforma judicial aprobada a toda prisa.

El mayor riesgo es evidente: una Corte dócil frente al poder político. Si quienes lleguen a ocupar la toga lo hacen más como cuotas partidistas que como guardianes de la Constitución, el Poder Judicial dejará de ser árbitro para convertirse en correa de transmisión. Eso implica algo más que un cambio de estilo: significa que los derechos de las y los ciudadanos podrían quedar subordinados a los intereses de coyuntura. La otra amenaza es la incertidumbre. Los procesos de designación apresurados y la falta de claridad sobre los criterios de idoneidad generan sospechas sobre la preparación técnica de quienes juzgarán los grandes casos del país: desde las controversias energéticas hasta las disputas electorales de 2027. México podría entrar en un terreno resbaladizo donde la ley ya no sea un límite al poder, sino un arma en sus manos.

Pero sería un error pensar que todo está perdido.

También hay una oportunidad de oro: renovar al Poder Judicial con voces que representen la pluralidad social, la diversidad de trayectorias y el talento jurídico de nuevas generaciones. Una Corte más joven, más cercana a los dilemas actuales —tecnología, inteligencia artificial, cambio climático, violencia de género— podría dar respuestas más ágiles y menos encorsetadas que las de un tribunal anclado en viejas formas. Además, seamos brutalmente honestos: la legitimidad de esta nueva Corte no vendrá de su origen, sino de sus primeras sentencias. Si muestra independencia en casos clave, si logra contener los excesos de un país polarizado y defender la Constitución, podrá construir credibilidad desde cero. No sería la primera vez que una institución nace con sospecha y se consolida con hechos.

Hay, además, razones de peso para que la nueva Corte elija asumirse como poder autónomo e independiente. La primera es de supervivencia: si se convierte en un tribunal sometido, perderá toda legitimidad frente a la ciudadanía y quedará reducida a un apéndice decorativo del poder. Y una Corte sin prestigio ni autoridad moral no sólo es inútil, es peligrosa, porque deja al país a la intemperie institucional, sin freno ni contrapeso alguno. La independencia no es un lujo, es la única garantía de su permanencia como pilar del Estado.

La segunda razón es histórica: los tribunales que han sabido plantarse frente al poder político son los que han dejado huella en la memoria de los pueblos. Si esta Corte logra resolver con firmeza asuntos clave —como la defensa de derechos humanos, la protección de minorías o la preservación del equilibrio entre Poderes— no sólo legitimará su propia existencia, también demostrará que en México aún hay espacios capaces de resistir la tentación del autoritarismo. La independencia, en este sentido, es la única forma de que la Corte se escriba en el relato de la nación no como cómplice, sino como garante de la democracia.

La pregunta es si este nuevo tribunal asumirá el papel que la historia le demanda: ser contrapeso en tiempos de concentración de poder, o ser comparsa en la puesta en escena del nuevo régimen. Los próximos meses darán la respuesta. Por ahora, el país observa expectante: la Corte empieza de nuevo, entre el vértigo de los peligros y el destello de las oportunidades.

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ADDENDUM

La presidenta Sheinbaum debe saber que su verdadera herencia en la historia de la transformación del Poder Judicial no será la de cimentar un poder supeditado, sino con la suficiente independencia a todos los poderes fácticos que logre, por fin, garantizar la justicia para todos que supone la existencia de un verdadero Estado de derecho.

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