Los Nobel

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hay semanas en que la conversación pública no ve más allá de la siguiente mañanera o del siguiente misil. Por eso conviene detenerse en lo que se premió esta semana en Estocolmo y en Oslo. Ninguno de los Nobel de 2026 reconoce una respuesta rápida; detrás de cada uno hay décadas de paciencia, y eso ya dice algo.

Empiezo por Medicina. Karl Deisseroth, psiquiatra de Stanford, y los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel ganaron por la optogenética, que permite encender o apagar neuronas específicas con luz dentro de un cerebro vivo. Todo arranca con una pregunta casi infantil: por qué un alga de una sola célula nada hacia la luz. Hegemann y Nagel encontraron en ella proteínas que abren canales eléctricos al iluminarse, y a Deisseroth se le ocurrió llevarlas a las neuronas. Desde entonces los laboratorios rastrean los circuitos del miedo y de la adicción. Que nadie lea aquí una cura, porque todavía no existe. Pero durante siglos la psiquiatría trabajó a ciegas sobre el órgano que intentaba curar. Hoy por lo menos tiene un interruptor.

En Física el premio fue para un solo hombre, el belga Francis Halzen, de 82 años. En 1988 propuso algo que sonaba a ciencia ficción: usar el hielo bajo el Polo Sur para atrapar neutrinos, partículas casi sin masa. El resultado es IceCube, un kilómetro cúbico de hielo sembrado de sensores que en 2013 detectó los primeros neutrinos de alta energía llegados de fuera del sistema solar. ¿Para qué sirve eso con guerras abiertas y el planeta calentándose? Pero IceCube es obra de una colaboración internacional que lleva décadas en el lugar más inhóspito del planeta, y en una época de nacionalismos y recortes a la ciencia básica ese modelo es un argumento.

Química premió al francés Henri B. Kagan, de 95 años, y al japonés Kenso Soai. Muchas moléculas existen en dos versiones que son imagen especular una de la otra, y en un medicamento la diferencia puede ser entre curar y dañar. Kagan descubrió los llamados efectos no lineales y Soai una reacción que se alimenta a sí misma hasta que una de las dos formas domina. Mientras el mundo discute cadenas de suministro de medicinas, no sobra recordar de dónde sale una pastilla confiable.

El jueves la Academia Sueca eligió a la canadiense Anne Carson, de 76 años, poeta, ensayista y traductora del griego. Tradujo a Safo, a Sófocles, a Eurípides, y escribió La belleza del marido. Ahora que las palabras se usan como proyectiles, Carson se ha dedicado a escuchar lo que una palabra significaba hace dos mil 500 años. Antígona sigue enterrando a su hermano contra la orden del Estado. Hay madres buscadoras en México que podrían contarle algo de eso.

Y ayer, en Oslo, el Comité Noruego entregó el de la Paz a la sudafricana Navi Pillay, de 85 años, “por sus esfuerzos para promover la paz y el derecho internacional”. Hija de un chofer de autobús en Durban, defendió presos políticos del Apartheid y en 1971 consiguió una orden judicial para impedir que la policía torturara a su esposo. Presidió el Tribunal para Ruanda, donde se estableció que la violación puede ser un acto de genocidio, fue jueza de la Corte Penal Internacional y Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Hasta el año pasado encabezó la comisión de la ONU que concluyó que Israel cometió actos de genocidio en Gaza; el gobierno israelí acusó al equipo de antisemitismo.

De los cinco, éste es el premio más político, y me parece que el comité lo sabe. Llega cuando las grandes potencias tratan a las cortes internacionales como estorbo y la fuerza vuelve a presentarse como argumento. Premiar a una jueza es recordar que la otra opción existe y tiene expedientes.

Falta Economía, que se anuncia el lunes 12 en la madrugada de México. Por ahora me quedo con un alga, el hielo de la Antártida, dos moléculas en espejo, una poeta que lee griego y una abogada de Durban. Ninguno va a resolver nuestras crisis de esta semana. Con suerte, alguno nos ayudará con la de dentro de 20 años.