El mundo que ardió un sábado

Los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel han dejado, al menos, 555 personas muertas en Irán, incluidas 165 en una escuela primaria para niñas. Repita esa cifra en voz alta antes de llegar a los gráficos del petróleo y las proyecciones macroeconómicas. Ciento sesenta y cinco niñas.

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hubo un momento, en algún lugar entre la madrugada del sábado 28 de febrero y el amanecer del domingo, en que el mundo dejó de ser el que conocíamos. No es metáfora. Es la descripción más precisa de lo que ocurrió cuando los primeros bombarderos B-1B sobrevolaron Teherán con la misión que lleva el nombre más trumpiano posible: Operación Furia Épica.

Los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel han dejado, al menos, 555 personas muertas en Irán, incluidas 165 en una escuela primaria para niñas. Repita esa cifra en voz alta antes de llegar a los gráficos del petróleo y las proyecciones macroeconómicas. Ciento sesenta y cinco niñas.

La coartada oficial: el programa nuclear iraní, los grupos proxies, la represión sangrienta de protestas. Todo real, todo documentado. Pero informantes del Pentágono reconocieron al Congreso que Irán no planeaba atacar a fuerzas estadunidenses a menos que Israel atacara primero, socavando la afirmación de amenaza inminente. La “amenaza inminente” ha sido el comodín favorito de Washington desde 2003. Ya deberíamos saber cómo termina esa historia.

Para México, la narrativa fácil dice que ganamos: somos exportadores de petróleo, el barril sube, Hacienda respira. Hasta aquí la parte reconfortante. Pero México también es importador neto de gasolinas y refinados, y ahí el shock se vuelve doméstico: el alza internacional se filtra a transporte, logística y precios al consumidor. O se permite que suban los precios —con su costo político e inflacionario— o se amortigua con estímulos fiscales, deteriorando una recaudación que ya enfrenta presiones. Somos un país que vende petróleo crudo y compra gasolina cara. Esa paradoja que ningún gobierno ha resuelto se vuelve ahora urgente, no sólo crónica.

Hay, además, otro vector que nadie menciona: nuestra economía está atada quirúrgicamente a la de Estados Unidos. Si la guerra se prolonga y la inflación estadunidense se recalienta, el daño llega a México por la vía de la inversión, el crédito y el consumo. No vivimos en el Oriente Medio, pero vivimos pegados a quien está librando la guerra.

La respuesta oficial mexicana será la de siempre: “Política de no intervención”, “respeto a la soberanía”, “llamado al diálogo”. Fórmulas heredadas de Estrada que en 2026 suenan cada vez más a evasión que a principio. El mundo que se reconfigura no va a esperarnos. En cualquiera de sus sentidos.

“La gran ola ni siquiera ha llegado”, dijo Trump. Tendremos que aprender a nadar.

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