Faltan 23 días. El 11 de junio México inaugurará por tercera vez una Copa del Mundo en el estadio antes llamado Azteca –después lo que la FIFA decida– mientras tapa con lonas el nombre del patrocinador prohibido. Será histórico. También, si las cosas siguen como están, un acto de fe colectiva.
La FIFA recibió las instalaciones el 14 de mayo con la mitad de las butacas de la zona 100 sin instalar y las letras gigantes del banco patrocinador todavía clavadas en la fachada, baños señalizados a mano sobre cartones y un litigio fresco de la Asociación de Titulares de Palcos y Plateas. La NASA, mientras tanto, monitorea los hundimientos del subsuelo y los daños visibles de la estructura. Ningún funcionario lo dirá en voz alta: el estadio donde se inaugurará el Mundial es vigilado desde el espacio.
La movilidad capitalina avanza con la misma elegancia. La Línea 2 del Metro —el eje que conecta con el estadio— concluirá obras el 31 de mayo, once días antes del partido inaugural. La Línea 14 del Trolebús, los 13 pasos a desnivel de Calzada de Tlalpan y la renovación de los embarcaderos de Xochimilco siguen pendientes. Clara Brugada repite con razón que las obras se quedan; lo que no dice es que se quedan inconclusas.
Los aeropuertos cuentan otra historia. El AICM opera al límite mientras se remodela. En paralelo, el Frente Nacional para el Rescate del Campo Mexicano amenazó con bloquear los aeropuertos de las tres sedes: “No habrá aeropuerto en la Ciudad de México, tampoco en Guadalajara, tampoco en Monterrey”. Maestros y transportistas, advirtieron, están en pláticas para sumarse.
El hospedaje es aritmética simple. La capital tiene 61 mil 330 cuartos de calidad turística; la demanda diaria máxima rozará los 81 mil 800. La diferencia se cubrirá con entre 26 y 30 mil departamentos de corta estancia sin obligación de registrarse ante la Secretaría de Turismo, sin videovigilancia, sin seguros: caldo de cultivo para trata y los delitos colaterales que los grandes eventos arrastran como inercia documentada.
La conectividad es el flanco que casi nadie ve. Las organizaciones mexicanas reciben más de 3 mil 300 intentos de ciberataque por semana; el Mundial multiplicará la superficie expuesta. Y conviene recordarlo: durante el México-Portugal de marzo ya hubo quejas debido al WiFi del propio estadio.
56 mil policías, 113 mil cámaras conectadas al C5, el Operativo Kukulcán de la Sedena y de García Harfuch. Todo cierto. Pero el 20 de abril, en Teotihuacan, un atacante mató a una turista canadiense, hirió a 13 personas y terminó con su vida: el escenario de baja probabilidad y alto impacto, exactamente eso que ningún plan opera bien por primera vez.
Sheinbaum anunció que no asistirá a la inauguración: regalará su boleto 0001 a una niña aficionada al futbol. Gesto simpático, mediáticamente impecable. También declaración política sobre las prioridades de un sexenio que se juega su credibilidad operativa en 39 días.
El silbatazo va a sonar. Las butacas se completarán, las lonas taparán los logos prohibidos y el Ajolote correrá. Lo demás —el subsuelo que se hunde, los aeropuertos amenazados, los Airbnb sin registro, las cámaras que vigilan, pero no previenen, el cable que aguante— se resolverá a marchas forzadas, con cinta canela y oraciones laicas. México sabe llegar a tiempo. Lo que no sabemos todavía es a qué.
