México y España, 500 años después

Durante la inauguración de la exposición La mitad del mundo: mujeres indígenas en Madrid, el canciller español José Manuel Albares pronunció palabras que marcaron un hito histórico: “Como toda historia humana, tiene claroscuros. Ha habido dolor e injusticia hacia ...

Durante la inauguración de la exposición La mitad del mundo: mujeres indígenas en Madrid, el canciller español José Manuel Albares pronunció palabras que marcaron un hito histórico: “Como toda historia humana, tiene claroscuros. Ha habido dolor e injusticia hacia los pueblos originarios. Hubo injusticia, justo es reconocerlo y lamentarlo”. La presidenta Claudia Sheinbaum celebró este “primer paso” del gobierno español y afirmó que “el perdón engrandece a los gobiernos y a los pueblos, no es humillante”. 503 años después de la caída de Tenochtitlan, España reconoce públicamente lo que durante siglos negó.

El gesto de Albares no es menor. Las palabras fueron un mensaje claro hacia el gobierno de México, con el que España recupera el diálogo y la normalidad diplomática, alteradas desde 2019 cuando López Obrador envió una carta reclamando un perdón público. La respuesta entonces fue el silencio; ahora, aunque tardío y aún incompleto, hay reconocimiento. La historia de la humanidad ha estado definida por sus conquistas, migraciones y colonizaciones. Lo que hace relevante el reconocimiento de Albares es que, cinco siglos después, un funcionario de ese Estado admita que aquello no fue glorioso ni civilizatorio, sino doloroso e injusto. La memoria histórica importa porque construye identidades, sana heridas colectivas y establece bases más honestas para las relaciones entre naciones. El perdón no borra la historia, pero sí la dignifica.

Sin embargo, aquí viene la paradoja mexicana que debe ser dicha con claridad: la “herida” histórica de la Conquista ha servido a muchos gobiernos para instalarse en una postura cuasi victimista que termina desincentivando la autoestima del país. Es más cómodo explicar nuestros pendientes y retos inatendidos mirando hacia el pasado que asumiendo las responsabilidades del presente. Es más sencillo culpar a Hernán Cortés de la pobreza en Chiapas que preguntarse por qué, 200 años después de la Independencia, no hemos construido infraestructura digna en esa región. Y lo mismo con Oaxaca, con Guerrero, con Veracruz, con Tlaxcala, con… toda la República. México no puede ser rehén perpetuo de 1521. El reconocimiento español es valioso, pero no se puede evadir la autocrítica. Somos una nación soberana desde hace más de dos siglos. La corrupción endémica, la desigualdad estructural, la violencia criminal, la debilidad institucional y el subdesarrollo educativo no son culpa de Carlos V ni de Felipe II. Son responsabilidad nuestra, de los gobiernos que hemos elegido y de las élites que hemos tolerado.

La historia debe inspirar orgullo por la resistencia de los pueblos originarios, por la grandeza de nuestras culturas prehispánicas, por la capacidad de mestizaje que construyó la identidad mexicana. Pero también debe impulsarnos hacia adelante, no anclarnos en el resentimiento. Sheinbaum destacó que nunca se han roto las relaciones con España y que existe una relación comercial y cultural activa, adelantando que el próximo año México será el país invitado especial en un importante evento turístico en España. Ésa es la actitud correcta: honrar el pasado sin quedar atrapados en él.

El verdadero desafío de México no es conseguir que España nos pida perdón, sino construir un país donde los descendientes de aquellos pueblos originarios tengan hoy acceso a educación de calidad, servicios de salud dignos, oportunidades económicas reales y representación política efectiva. Un país donde 70% de la población no viva en pobreza o vulnerabilidad. Un país donde el talento no tenga que emigrar para prosperar. España ha dado un primer paso hacia el reconocimiento. México debe reconocer también, ante sí mismo, que debe dar muchos pasos hacia el futuro. Porque la mejor respuesta a 500 años de injusticia no es quedarse lamentando lo que nos hicieron, sino demostrar todo lo que  no hemos sido capaces de hacer. El perdón engrandece, sí, pero la acción transforma. Y necesitamos más transformación que lamentaciones, más futuro que pasado, más construcción que memoria. Sin olvidar de dónde venimos, pero sin permitir que eso nos encadene y determine a dónde vamos.

El reconocimiento de España abre una puerta. Toca a México decidir si la cruza con orgullo mirando hacia adelante, o si se queda en el umbral contemplando eternamente sus propias cicatrices.

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