México y Canadá, frente a la tormenta

Juntos representan más de 29% del comercio total con Estados Unidos, una plataforma de producción integrada que supera los 1.5 billones de dólares anuales.

La visita del primer ministro canadiense Mark Carney a Palacio Nacional y el anuncio conjunto con la presidenta Claudia Sheinbaum representan uno de los puntos más estratégicos de la diplomacia mexicana en la antesala de la revisión del T-MEC, prevista para mediados de 2026, pero cuyo proceso de consultas ya ha comenzado ante la presión y volatilidad que imprime Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump.

Más que un acto protocolario, este encuentro significa la construcción de un frente común y la búsqueda de certidumbre en un momento en el que el socio mayoritario de la región se ha convertido, otra vez, en el principal factor de riesgo para la integración comercial norteamericana.

Carney aterrizó en el AIFA y se trasladó junto con su comitiva a Palacio Nacional, donde ambos mandatarios encabezaron un mensaje que priorizó la defensa de la competitividad regional, el robustecimiento de los flujos de inversión, el refuerzo de acuerdos laborales y la modernización de la cooperación en seguridad y ciberseguridad.

El anuncio clave fue el compromiso para una “nueva era de cooperación elevada”, que incluye cuatro pilares: prosperidad, seguridad, inclusividad y sustentabilidad. Bajo esta ruta, destacaron el renovado acuerdo para la movilidad laboral de trabajadores mexicanos en Canadá, la coordinación ante el crimen organizado binacional y la convergencia de posturas rumbo a la revisión del T-MEC.

El trasfondo de estas gestiones no puede entenderse sin observar el entorno geopolítico: en los últimos meses, Trump ha intensificado la ofensiva arancelaria incluso violando términos del actual T-MEC, amenazando con “ajustarlo o terminarlo” si sus demandas sobre reglas de origen, restricciones laborales o freno a la triangulación china vía México no son satisfechas. Basta repasar las cifras: sólo en el primer semestre de 2025, las amenazas de imposición de tarifas derivaron en una caída de nuevas inversiones extranjeras directas hacia México, particularmente automotrices, y varias compañías han pospuesto sus planes de expansión ante la incertidumbre jurídica y política estadunidense.

En este contexto, la importancia de “planchar” los acuerdos bilaterales se vuelve fundamental. Si en el sexenio pasado las crisis con Washington se resolvían vía presión y concesiones unilaterales, la coyuntura actual exige diversificar la interlocución en América del Norte.

México y Canadá, juntos, representan más de 29% del comercio total con Estados Unidos, una plataforma de producción integrada que supera los 1.5 billones de dólares anuales, y cuyo futuro ahora descansa en la capacidad de ambos países para presentar una posición común, blindar los avances logrados y limitar las tentaciones rupturistas del ocupante de la Casa Blanca.

El mensaje de Sheinbaum y Carney es así doble: hacia adentro, generar confianza ante mercados y ciudadanos de que los canales de diálogo funcionan y las inversiones están seguras; hacia afuera, advertir a Washington que no habrá “renegociaciones a la carta” dictadas solo por intereses coyunturales.

En una época de socios volátiles, Carney y Sheinbaum construyen, por ahora, el muro de contención más importante del comercio norteamericano.

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