“Ya me toca”

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Andrés Manuel López Beltrán, Andy, acaba de explicar sus aspiraciones políticas con una frase que, en otro contexto, podría sonar a paciencia democrática. Pero en el suyo suena a fila familiar: “Ya me toca”.

Ya me toca ser diputado. Ya me toca Tabasco. Ya me toca pasar del escritorio partidista a la boleta. El problema es que en política —al menos en la política que todavía pretende tomarse en serio— no basta con que “ya te toque”. Hay que merecerlo. Y convencer a quienes no nacieron dentro del apellido correcto.

Andy dice que habló con su padre. Y claro: en esta historia, hablar con López Obrador no es exactamente pedir consejo sobre qué corbata usar. Es consultar al patriarca, al fundador, al hombre que convirtió su biografía en movimiento y su movimiento en régimen. Andrés Manuel padre construyó poder caminando pueblos, perdiendo elecciones, resistiendo agravios y convirtiendo cada derrota en combustible. Andrés Manuel hijo hereda el nombre, pero no necesariamente el recorrido. No basta con llamarte igual que él.

Porque el nombre abre puertas, sí. Pero también enciende reflectores. Y bajo esa luz, Andy no llega con expediente impoluto. Llega con escándalos a cuestas, con el recuerdo del viaje a Japón, con señalamientos sobre lujos incómodos para un movimiento que hizo de la austeridad casi una religión civil, y con una pregunta inevitable: ¿busca representar al pueblo o busca fuero?

La pregunta no es menor. En México, el fuero se inventó para proteger la función legislativa, no para convertirse en impermeable de temporada para políticos con tormenta encima. Pero cada vez que alguien con ruido público aparece de pronto enamorado de San Lázaro, la sospecha florece solita. Como ceiba tropical. Sin fertilizante.

Andy dirá —y tiene derecho a decirlo— que quiere trabajar por Tabasco. Que es tabasqueño. Que tiene arraigo. Que el movimiento nació ahí. Todo eso puede ser cierto. Pero Tabasco no es una estampita biográfica ni una ruta automática de ascenso. No basta con volver al origen como quien reinicia una franquicia familiar.

Además, la diputación puede ser apenas la primera casilla. ¿Buscará después la coordinación de la bancada? ¿Será San Lázaro una estación hacia la gubernatura de Tabasco? ¿Estamos ante una vocación pública o ante una rehabilitación política con boleto de ida a 2030? La pregunta importa porque Andy representa algo más delicado que una candidatura: representa la tentación dinástica de un movimiento que juró combatir privilegios.

Morena nació prometiendo que no sería como los demás. Pero los apellidos largos pesan. Pesan en candidaturas, contratos, cargos y silencios. La 4T hizo de la “autoridad moral” una espada. Ahora esa espada le apunta a los suyos. Qué incómodo cuando el búmeran regresa con acta de nacimiento.

Y, sin embargo, tampoco conviene caer en la condena automática. Andy tiene derecho a competir, a construir una carrera propia, a pedir el voto. La democracia no puede prohibir candidaturas por parentesco; lo que sí puede —y debe— hacer es exigirles más, no menos. Justo porque el apellido le da ventaja, la rendición de cuentas tendría que ser doble.

La verdadera prueba para Andy no será ganar una candidatura en Morena. Eso, seamos serios, puede resultar menos complicado que encontrar sombra en Villahermosa en mayo. La prueba será demostrar que no está ahí por nostalgia, herencia o blindaje. Que puede responder por los escándalos sin culpar siempre a los adversarios. Que puede hacer política sin repetir como eco la voz del padre.

Porque “ya me toca” puede ser una frase de madurez… o de privilegio. Puede significar “ya esperé, ya aprendí, ya estoy listo”. O puede significar “ya se liberó la ventanilla familiar”. La diferencia no la definirá Andy en una entrevista. La definirán sus actos.

Por ahora, el beneficio de la duda existe. Pero no es cheque en blanco. Es pagaré con intereses. Y en política, como en la vida, el apellido puede darte la primera línea del currículum. Nunca la última.