Mañana domingo

Mañana domingo, México despertará con una cita inédita en su historia republicana. No será solo otra jornada electoral: será el día en que una nación experimente con la alquimia más delicada de la democracia moderna, aquella que intenta fusionar la voluntad popular ...

Mañana domingo, México despertará con una cita inédita en su historia republicana. No será solo otra jornada electoral: será el día en que una nación experimente con la alquimia más delicada de la democracia moderna, aquella que intenta fusionar la voluntad popular con la técnica jurídica, el voto ciudadano con la especialización judicial.

La magnitud del ejercicio sobrecoge: elegir a la casi totalidad de representantes del Poder Judicial en la elección más grande que hayamos organizado jamás. Más que los números, es la naturaleza misma del experimento lo que nos coloca en territorio inexplorado. Estamos ensayando una forma de democracia que casi ningún país ha intentado, navegando entre la legitimidad del sufragio y la especificidad del saber jurídico.

El tiempo fue nuestro primer adversario. Entre la concepción de esta reforma y su materialización transcurrieron apenas meses, cuando la construcción de consensos democráticos suele medirse en años. Esta premura respondió a una urgencia política que sacrificó la deliberación pausada que toda transformación institucional demanda. Las campañas fueron fantasmales, los debates escasos, la información ciudadana fragmentaria. Votaremos, en gran medida, en penumbras.

Y, sin embargo, aquí estamos. Porque la democracia mexicana ha demostrado una capacidad de adaptación que roza lo milagroso. Hemos transitado de sistemas autoritarios a competencias electorales, de centralización absoluta a federalismo real, de medios cautivos a pluralidad informativa. Cada transformación ha generado resistencias y profecías apocalípticas que el tiempo se encargó de moderar. La polarización que hoy vivimos no es nueva en nuestro repertorio cívico, aunque sí es particular en su intensidad. Se alimenta de miedos legítimos y fantasías exageradas, de agravios reales y construcciones ideológicas y mediatizadas. La reforma judicial se ha convertido en símbolo de algo más grande: la disputa sobre qué tipo de país queremos ser, qué equilibrios de poder consideramos deseables y qué definición de democracia abrazamos.

Quienes defienden la reforma ven en ella la democratización de un poder que consideran elitista, corrupto y distante, la posibilidad de que la justicia responda finalmente al pueblo y no a corporaciones o intereses oscuros. Quienes la critican perciben el riesgo de politizar un ámbito que debe preservar su autonomía técnica, de subordinar la expertise jurídica a los vaivenes electorales u oscuros intereses. Ambas visiones contienen porciones de verdad y porciones de temor. La historia nos enseña que las instituciones no son inmutables ni sagradas, pero también que las transformaciones abruptas suelen generar consecuencias imprevistas. El sistema judicial mexicano requería reformas profundas: acceso más democrático, transparencia mayor, eficiencia real. La pregunta no era si cambiar, sino cómo y a qué ritmo. Esa conversación, que debió extenderse durante años, se comprimió en meses.

Mañana, cada ciudadano que acuda a las urnas participará en un acto de fe colectiva. Fe en que es posible mejorar las instituciones sin destruirlas, en que la democracia puede expandirse sin desnaturalizarse, en que los experimentos institucionales pueden florecer cuando se nutren de buena voluntad ciudadana. Pero la fe sola no basta. Necesitamos también templanza, que permite distinguir entre discrepancia legítima y enemistad irreconciliable. La confrontación es inherente a la democracia; la violencia es su negación. En nuestras manos está decidir si esta elección será recordada como el día en que México ensayó audazmente con su futuro democrático, o como el momento en que la polarización escaló hacia episodios que lamentaríamos durante generaciones.

El domingo que viene no definirá sólo quiénes administrarán justicia en México. Definirá también qué tipo de sociedad somos: una capaz de experimentar con respeto mutuo, o una condenada a la fractura perpetua. Mañana domingo, México votará por primera vez para elegir a sus jueces. Pero, sobre todo, votará por el tipo de país que desea ser cuando termine de despertar de este experimento histórico. Que la jornada transcurra en paz no dependerá de las instituciones electorales, sino de la madurez cívica de una sociedad que ha aprendido, a lo largo de décadas, que la democracia no es un destino, sino un ejercicio cotidiano de tolerancia y esperanza.

En nuestras manos está escribir una página digna (incluso si a tantos les parece indigna) de nuestra historia republicana.

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