Lula libre
¡Lula libre! fue la consigna que sonó con más fuerza desde que se abrió la posibilidad de su liberación
“Quisieron encarcelar una idea y las ideas no se encierran, no se matan”.
Fueron esas algunas de las primeras palabras que Luiz Inácio Lula da Silva, expresidente de Brasil, dirigió a sus seguidores tras sus largos meses de encierro. Tantos de ellos, congregados a las afueras de la prisión de Curitiba, en la que pasó los últimos diecinueve meses, esperando a que saliera el exmandatario.
¡Lula libre! fue la consigna que sonó con más fuerza desde que se abrió la posibilidad de su libertad en un Brasil que, pasó de ser motor de lo que se entendía como una transformación latinoamericana, esa puerta para los gobiernos de izquierda que, al final, terminaron manchados también con la corrupción que acusaban en sus adversarios, a dar el mando a uno de los personajes política y socialmente más desafortunados y peligrosos a niveles bélicos de los últimos tiempos. Aprendiz y compinche de Trump. Y, justo, Jair Bolsonaro no ha dicho palabra alguna. Al menos no hasta el momento en que se escriben estas líneas. Nada sobre Lula, nada sobre tener de nuevo a su principal rival político con plena libertad para la operación política.
Lula no sale exonerado. Aún tiene causas pendientes, pero ese fallo del tribunal, por el que un juez ordenó su inmediata liberación, le permitirá planear su regreso político, luego de una campaña electoral truncada. “Sólo encerrándolo podía ganar Bolsonaro...”, dicen algunos que dan su lectura a lo sucedido con el expresidente.
Los hechos demuestran que, en efecto, la detención y condena a Lula por beneficiarse, y beneficiar a una constructora, de manera ilícita con contratos millonarios, fue el tiro de gracia para el regreso a la presidencia que planeó hasta hace un par de años y desde que dejó el gobierno.
Y hoy tendrá las posibilidades casi intactas.
Decenas de personas esperaron ayer a Lula da Silva a las puertas de la prisión. Lo recibieron entre vivas y consignas.
Y mientras eso, Bolsonaro en silencio. Porque Bolsonaro ha estado muy ocupado, desde el pasado primero de enero, en hacer realidad su sueño de país: ese país donde es preferible matar a homosexuales; donde se propone exterminar - en el sentido más puro de la palabra - a los delincuentes.
Bolsonaro el provida, el que limita los derechos de sus ciudadanos, el que incendia la Amazonia no sólo con fuego, también con sus declaraciones; el que sigue los pasos de Donald Trump en más de un sentido; Bolsonaro el que amenaza con sacar al país del Acuerdo de París por la lucha contra el cambio climático. Bolsonaro, aquel que pierde los estribos para responder acusaciones que lo implican en un asesinato.
Para Brasil, la liberación de Lula da Silva significa tal vez su reacomodo. Argentina regresa, de la mano de Alberto Fernández, a las manos del peronismo, ése con el que Lula se llevó tan bien durante su mandato.
Y tal vez esa sea la razón por la que, subrayamos, al momento el actual presidente de Brasil no ha expresado palabra alguna sobre Lula. En cambió, en redes optó por bombardear con eventos en los que presume a sus seguidores en participaciones públicas; muy a la Donald Trump; también mostrando lo que asegura son todos sus logros en trecientos días de gobierno. No sin dejar de lanzar críticas a la prensa de su país.
La libertad de Lula da a Brasil la posibilidad de alejarse de la sombra que dan líderes radicales y altamente peligrosos como el que hoy lo gobierna.
Con todo y sus claroscuros, Lula representa un opción con menos oportunidad e intención de llevar al oscurantismo.
