Este domingo, en Palacio Nacional, mientras el resto del país hacía otras cosas, se anunció algo que debería importarnos más de lo que aparenta: un incentivo fiscal de 30% en el ISR para producciones cinematográficas en México. Claudia Sheinbaum, acompañada de Salma Hayek y una buena parte de la comunidad cinematográfica nacional, presentó un plan que va más allá del glamour de la foto con la estrella de Hollywood. Aquí hay política económica, política cultural y, sí, también hay oportunismo bien calculado en tiempos de Trump. Pero antes de la sustancia hay que reconocer el trabajo invisible: el de quienes hicieron que este proyecto pasara de ser una buena intención en campaña a un decreto que se publica hoy lunes en el Diario Oficial de la Federación. Y aquí es donde Altagracia Gómez Sierra y Claudia Curiel de Icaza merecen algo más que una mención de cortesía.
Gómez Sierra, desde su posición como coordinadora del Consejo Asesor de Desarrollo Económico Regional y Relocalización —un título que parece diseñado para trabalenguas, pero que en realidad concentra músculo económico real—, entendió lo que este incentivo significa en términos de cadenas productivas, relocalización de inversiones y efectos multiplicadores. El cine no es sólo cultura; es una industria que genera entre tres y nueve unidades de actividad económica por cada peso gastado. Eso lo supo ver Gómez Sierra cuando otros probablemente veían sólo alfombras rojas.
Claudia Curiel de Icaza, por su parte, tuvo que hacer algo más complejo: convertir una ambición política en un instrumento técnicamente viable. Como secretaria de Cultura, diseñó los candados que hacen que esto no sea un cheque en blanco: 70% de proveeduría nacional, tope de 40 millones de pesos por proyecto, criterios claros para largometrajes, series y documentales. Curiel entendió que un incentivo sin reglas se convierte en otro vehículo de corrupción y fuga de capitales. Las reglas que se anunciaron el domingo son su firma.
Salma Hayek fue más que decorado. Su discurso sobre el “poder femenino” tiene un subtexto muy potente: ésta es una política pública construida por mujeres en posiciones de poder que entienden que la inversión en cine no es un capricho, sino una herramienta de soft power. Cuando Hayek dice “quizá lo que no teníamos era esta Presidenta” hace política, pero también señalando algo cierto: la industria cinematográfica mexicana lleva años pidiendo esto y sólo ahora encontró oídos dispuestos. El timing tampoco es inocente. Con Trump amenazando, construyendo narrativas sobre México como país violento y caótico, tener a Hayek diciendo “es momento de contar lo que realmente es México y no lo que les están vendiendo” es propaganda nacionalista, sí, pero de la inteligente. El cine como contranarrativa. Las locaciones mexicanas como argumento visual contra el discurso del miedo.
¿Funcionará? Depende. Los incentivos fiscales son herramientas, no garantías. Colombia, Argentina y España tienen esquemas similares y no todos producen los mismos resultados. Lo que hará la diferencia es la ejecución: que la comisión gubernamental que evaluará proyectos no se convierta en un filtro ideológico o un feudo burocrático, que los 1,600 millones de inversión en formación realmente se traduzcan en técnicos y creativos competitivos, que el requisito de 70% de proveeduría nacional no termine siendo letra muerta.
También queda por ver si este incentivo resiste el siguiente sexenio. Las políticas culturales en México tienen una desagradable costumbre de morir con cada cambio de administración. Que Sheinbaum haya hecho esto en su primer año es estratégico: le da tiempo de mostrar resultados antes de 2030. Pero la sostenibilidad dependerá de que esto genere suficiente dinero, empleos y capital político como para que ningún gobierno futuro se atreva a desmantelarlo.
Mientras tanto, vale la pena celebrar que, por una vez, la política cultural no fue sólo discurso. Y fue, en buena medida, obra de dos mujeres que probablemente no saldrán en las fotos con Salma Hayek, pero que hicieron el trabajo pesado: Altagracia Gómez Sierra diseñando la arquitectura económica, Claudia Curiel de Icaza blindando la operación con reglas claras. El cine mexicano no se salvará sólo con este incentivo. Pero es un comienzo infinitamente más prometedor que los discursos vacíos a los que nos tenían acostumbrados.
