Lecciones de Nepal
Lo que está ocurriendo en las calles de Katmandú debería ser lectura obligatoria para cualquier gobierno que crea que puede gobernar en el siglo XXI con métodos del XIX o incluso, del XX. La generación Z nepalí está demostrando que apagar internet en 2025 es tan ...
Lo que está ocurriendo en las calles de Katmandú debería ser lectura obligatoria para cualquier gobierno que crea que puede gobernar en el siglo XXI con métodos del XIX (o incluso, del XX). La generación Z nepalí está demostrando que apagar internet en 2025 es tan efectivo como intentar detener un tsunami con una cubeta. Las protestas comenzaron por la desaparición de dos jóvenes conductores de autobús, presuntamente a manos de una empresa con conexiones gubernamentales. En otra época habría sido una nota al pie, pero en la era digital no hay notas al pie. Y cuando el gobierno nepalí bloqueó TikTok y restringió otras plataformas, creyendo que apagaría el fuego, solo le echó gasolina.
La ironía es deliciosa. Los mismos gobiernos que hace una década celebraban las redes sociales como herramientas de modernización, ahora las ven como amenazas existenciales. Es el síndrome Frankenstein digital: crearon el monstruo, lo alimentaron, y ahora que el monstruo les señala sus defectos, quieren desconectarlo. Desde la Primavera Árabe de 2011, las redes sociales se convirtieron en las arterias de la democracia. Por ellas circula información, organización, resistencia. Son el ágora moderna donde los ciudadanos no sólo consumen noticias, sino que las crean, las verifican, las desmienten. Nepal está aprendiendo lo que otros regímenes ya descubrieron: en la era digital, la censura es un boomerang. Cuando apagas internet, no silencias las protestas; las amplificas. De pronto, medios internacionales que jamás habrían volteado a ver Katmandú están hablando de la “dictadura digital” nepalí. El “efecto Streisand” potenciado: mientras más intentas ocultar algo, más visible se vuelve.
Estamos presenciando el choque entre dos conceptos del poder: el vertical, opaco de los gobiernos tradicionales, y el horizontal, transparente de las sociedades digitales. Los jóvenes nepalíes no protestan sólo por dos conductores desaparecidos; protestan contra un sistema que pretende gobernarlos como si vivieran en 1975 cuando habitan mentalmente en 2025. La generación Z tiene una relación radicalmente distinta con la autoridad. No acepta el “porque yo lo digo”. Exige transparencia, rendición de cuentas. Y tiene las herramientas para demandarlas. Cuando un gobierno miente, hay mil fact-checkers listos. Cuando hay corrupción, mil cámaras documentándola. Cuando hay abuso, mil plataformas denunciándolo.
Los gobiernos que no entienden esto están sobre una bomba de tiempo. Cada acto de corrupción no resuelto, cada mentira no aclarada es un video viral esperando su momento. Las nuevas generaciones no protestan como sus padres. No necesitan líderes carismáticos ni estructuras partidistas. Se organizan de forma viral, impredecible. Un meme convoca más que un mitin. Un hashtag articula mejor que un manifiesto. La paradoja que muchos gobiernos no comprenden: mientras más intentan controlar las redes, más demuestran su debilidad. Un gobierno verdaderamente fuerte no teme a X, a Facebook o a TikTok. Sólo los gobiernos que no resistirían el escrutinio público intentan apagar la luz para ocultar sus defectos.
En un mundo donde 60% de la población tiene internet, donde hay más teléfonos móviles que cepillos de dientes, intentar gobernar con censura es tapar el sol con un dedo. La lección más importante no es para los manifestantes, sino para los gobiernos. En la era digital, la legitimidad se construye diariamente en cada decisión transparente. Los regímenes corruptos e incapaces no pueden simplemente apagar internet y esperar que el problema desaparezca. El problema no son las redes sociales; el problema es lo que revelan. Los jóvenes nepalíes, como los de Hong Kong, Chile, Irán, muestran el futuro de la protesta: descentralizada, digital, imposible de decapitar porque no tiene cabeza, imposible de ignorar porque está en todas partes simultáneamente. Nepal apagó internet creyendo que apagaría las protestas. En realidad, encendió un faro que todo el mundo está mirando. Ésa es la suprema ironía: tu censura se convierte en la noticia. Tu autoritarismo se vuelve viral. Tu debilidad queda más expuesta que nunca. Los gobiernos tienen dos opciones: adaptarse a la transparencia radical o ser arrollados por ella. Nepal eligió resistirse. Los resultados están a la vista de todos, gracias al mismo internet que intentaron silenciar. La generación Z no está pidiendo permiso para cambiar el mundo; lo está cambiando, un video, una protesta viral a la vez. Y ningún gobierno puede apagar eso.
