Lecciones de Charlie Kirk

El rifle que acabó con la vida de Charlie Kirk en Utah Valley University no fue simplemente un arma; fue el punto final de muchas oraciones que llevamos como sociedad años escribiendo desde el odio. A sus 31 años, el fundador de Turning Point USA se convirtió ayer en la ...

El rifle que acabó con la vida de Charlie Kirk en Utah Valley University no fue simplemente un arma; fue el punto final de muchas oraciones que llevamos (como sociedad) años escribiendo desde el odio. A sus 31 años, el fundador de Turning Point USA se convirtió ayer en la víctima más reciente de lo que ya no podemos seguir llamando “incidentes aislados”, sino el síntoma terminal de una democracia que eligió el grito sobre el argumento, la descalificación sobre el debate, y la eliminación —literal— del adversario sobre su derrota en las urnas.

Kirk representaba todo lo que la América polarizada puede producir: un provocador profesional cuya retórica incendiaria sobre raza, inmigración y “valores tradicionales” lo convirtieron simultáneamente en héroe de millones y villano de otros tantos. Pero aquí está la paradoja cruel de su muerte: el mismo ecosistema de radicalización que él ayudó a construir es el que finalmente lo devoró. Desde el surgimiento del movimiento MAGA, Estados Unidos ha presenciado una escalada sin precedentes: el tiroteo contra Steve Scalise, el ataque a Paul Pelosi en 2022, el intento de asesinato contra Trump en 2024 y ahora Kirk. Cada ataque genera una espiral donde cada bando señala a la retórica del otro como causa, ignorando su propia contribución al caldero del odio.

El concepto de “terrorismo estocástico” describe con precisión lo que presenciamos: el uso de la comunicación masiva para incitar actos de violencia aleatorios, pero estadísticamente predecibles. Pero sería deshonesto culpar únicamente a la derecha trumpista. La izquierda ha tenido sus propios profetas del odio, sus influencers que convirtieron la “cancelación” en deporte nacional. Cuando reduces a tu adversario a la caricatura del mal absoluto, sea llamándolo “nazi” o “comunista” —o “chairo” o “fifí”—, estás preparando el terreno psicológico para que alguien decida que eliminar el mal absoluto no es un asesinato, sino un acto de “justicia”.

El rifle encontrado cerca de Utah Valley, grabado con símbolos antifascistas y trans, según reportes, nos recuerda que el extremismo no tiene monopolio ideológico. La violencia política es el hijo bastardo de todos los extremos, alimentado por igual por líderes políticos que por influencers de derecha que llaman a la “guerra civil” y por activistas de izquierda que justifican la violencia como “autodefensa”.

Hemos construido cámaras de eco tan herméticas que ya no podemos imaginar que quien piensa distinto a nosotros pueda tener razones tan válidas como las nuestras. Los algoritmos, diseñados para maximizar engagement a través de la indignación, han creado universos paralelos donde cada tribu vive su propia realidad, con sus propios hechos, sus propios mártires, sus propios demonios. ¿Dónde están las voces moderadas? Silenciadas, marginadas, consideradas “tibias” por no sumarse al coro del odio. En el mercado de la atención, la moderación no vende. No genera clicks, no produce viralidad, no moviliza bases. Y, así, los extremos se retroalimentan en una danza macabra donde cada acto de violencia justifica el siguiente.

Charlie Kirk está muerto a los 31 años, dejando hijos sin padre y millones de seguidores que verán en su muerte no una tragedia que debería obligarnos a la sensatez, sino combustible para más violencia. Ya podemos anticipar los discursos: Trump culpando a la “izquierda radical”, los progresistas señalando la hipocresía de llorar a quien propagaba odio, los conspiracionistas tejiendo teorías sobre operaciones psicosociales con agendas ocultas. Kirk ahora es parte de la estadística, otro nombre en la lista creciente de víctimas de nuestra proxy ideological war de baja intensidad. Su asesinato no resolverá nada, no silenciará a nadie, sólo agregará más leña al fuego que amenaza con consumirnos a todos.

La pregunta no es si habrá más violencia —la habrá—, sino si seremos capaces de detenerla antes de que sea demasiado tarde. Porque cuando normalizamos el asesinato político, cuando convertimos al adversario en enemigo mortal, no estamos defendiendo la democracia: la estamos asesinando, un disparo a la vez. Charlie Kirk vivió y murió por sus ideas, por más repugnantes que muchos las encontráramos. En una democracia funcional, esas ideas deberían ser derrotadas con ideas mejores, no con balas. Que su muerte, al menos, nos recuerde esa verdad fundamental antes de que olvidemos completamente cómo hablar sin matarnos. Literalmente.

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