LAX 2025 (Distopía)

La respuesta de Sheinbaum fue contundente:“Es absolutamente falso. Condeno las manifestaciones violentas vengan de donde vengan”.

En las calles de Los Ángeles, el aire huele a gas lacrimógeno y resistencia. Desde el 6 de junio, la ciudad que alberga a millones de migrantes latinos vive una crisis humanitaria y política sin precedentes: redadas del ICE, enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas federales, y un despliegue de 4,000 soldados de la Guardia Nacional ordenado por Donald Trump. Las protestas, inicialmente pacíficas, se tornaron en un campo de batalla tras el uso de granadas aturdidoras y balas de goma contra civiles, incluyendo periodistas y líderes sindicales, como David Huerta, liberado tras pagar una fianza de 50,000 dólares. Mientras tanto, en Chicago, 150 personas marcharon por el barrio de Pilsen con consignas de solidaridad, replicando el grito continental: “Ningún ser humano es ilegal”.

En medio de este clima, Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, lanzó una bomba mediática al acusar a la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, de “alentar protestas violentas” en Los Ángeles. La acusación se basó en declaraciones de Sheinbaum en mayo, donde mencionó la posibilidad de “movilizarse” contra un impuesto a las remesas, aunque siempre condenó la violencia. La respuesta de Sheinbaum fue contundente: “Es absolutamente falso. Condeno las manifestaciones violentas vengan de donde vengan”. Trump solamente busca enemigos externos para justificar su retórica de “ley y orden”, mientras Sheinbaum defiende a migrantes que aportan 60,000 millones de dólares anuales a la economía estadunidense.

Este sábado 14 de junio no es un día cualquiera. Coinciden tres eventos explosivos: el desfile militar por los 250 años del ejército estadunidense en Washington, con aviones de guerra y tanques, que Trump aprovechará para celebrar su cumpleaños 79; nuevas protestas convocadas en 50 estados contra las redadas y el autoritarismo, con el fantasma de choques entre manifestantes y tropas; y la amenaza explícita de Trump: “Si hay protestas, se enfrentarán a una fuerza muy grande”. El presidente ha sugerido invocar la Ley de Insurrección —no usada desde 1992— para desplegar el Ejército, una medida que California ya demanda como inconstitucional.

El escenario que se vislumbra tiene ecos de pesadillas históricas. Los Ángeles, en 1992, vivió revueltas por la golpiza a Rodney King, con 63 muertos y la Guardia Nacional en las calles. Hoy, la ciudad repite el guion, pero con un presidente que estigmatiza a los migrantes como “invasores extranjeros” y quema banderas mexicanas como símbolo de traición. El asalto al Capitolio en 2021 por seguidores de Trump encuentra un paralelo en la advertencia de “insurrección” para justificar una represión militarizada. Analistas comparan la retórica de Trump con la de líderes autoritarios que usan enemigos externos para consolidar su poder. Su llamado a “alquitranar y emplumar” al gobernador Newsom evoca prácticas medievales de humillación pública.

Trump no esconde su manual: criminalizar la protesta, militarizar la respuesta y polarizar el relato. Mientras él desfila con tanques, miles arriesgan su vida por un país que los ve como amenaza. La pregunta no es si habrá más violencia, sino cuánto daño soportará la democracia estadunidense antes de que el mundo recuerde: las distopías no surgen de golpe. Se construyen con redadas, discursos de odio y soldados en las calles. El sábado podría ser otro capítulo de ese manual. O el día en que la gente decida cerrarlo.

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